Memorias

«Efecto Coriolis», de Antonio Sajid López

La muerte coloca en una oscura perspectiva toda la fantasía social que llamamos estratégicamente mundo. Y supongo que, por eso, nosotros los puertorriqueños, tan hartos de la insoportable y corrupta vida colonial, hemos celebrado olímpicamente al muerto parado, al muerto sentado, al muerto en motora, al muerto en ambulancia, al muerto en el ring de boxeo, entre otros embalsamamientos criollos que figuran en primera plana cuando la Funeraria Marín de San Juan acoge la misión insólita de su velorio. Esa última picardía, esa burla, ese querer-ganarle-a-la-muerte es, sin duda, un estimulante bálsamo kitsch que esperanza nuestras mentes rendidas.

Encarar la muerte ajena es, asimismo, enfrentar la propia mortalidad. Y las muertes no se circunscriben necesariamente al momento en que abandonamos el cuerpo. Al menos, no para aquellos que permanecemos en este planeta como herederos de la partida.

La mañana de sábado, 26 de diciembre de 2015, mi padre me pidió que lo acompañara al banco para retirar un poco de efectivo porque quería comprarnos, a mi esposo Carlos y a mí, sendos regalos de navidad. Nosotros le habíamos regalado una tremenda podadora de patio y él sentía mucha vergüenza de no habernos correspondido con algún detalle.

Honestamente, no necesitábamos nada de su parte, solo que disfrutara de nuestra corta visita. Pero igual preferí complacerlo para que no se quedara con las ganas de entregarnos un par de objetos.

A mí me regaló el disco compacto del tradicional especial del Banco Popular. Como me gustan los géneros bailables, y vivo fuera de la Isla, pensó que esa colección de canciones con aires de nostalgia me agradaría. Atinó. A Carlos le compró una imagen de la Virgen del Carmen. La identificó en una de nuestras fotos del Facebook y supo que sería de su agrado. Carlos es, lo que llama mi amiga Nemir, “un católico cultural”. Nuestra casa está llena de imágenes de la iglesia. Habiendo cumplido con su cuestionable carta de modales, regresamos a la casa para comer las sobras del festín de la noche anterior.

Mi hermana, quien había viajado desde Manatí hasta Ponce para pasar las fiestas con nosotros, estaba por retirarse. Noté raro a mi papá. Estaba, como decía la abuela, “con los ojos chiquititos”; en otras palabras, parecía que quería llorar. En el momento en que mi hermana se despedía finalmente, él decidió caminar hasta el patio para barrer las pocas hojas que había en el suelo. Apenas un “Dios te bendiga” y se perdió entre las ramas del árbol de mangó. Todos nos dimos cuenta de su sentimentalismo, pero decidimos no presionarlo. Esa sería la última vez que mi hermana y sus hijos lo vieron con vida.

La noche del domingo conversábamos en el balcón.

-(Convencido.) Yo creo que me estoy volviendo loco.

-¿Por qué dices eso?

-Hace un par de semanas veo una sombra rara en el pasillo. Me siento a ver la televisión y me sale la sombra. El otro día casi me muero del susto.

-¿Y cómo es la sombra?

-No distingo la forma, pero es de estatura baja. Como mami, que medía cuatro pies y once pulgadas.

-(Asustado.) Qué raro.

-Sí, yo le dije a tu hermano que me hiciera una cita con la sicóloga esa que él ve de vez en cuando pa’ ver si me receta alguna pastilla.

-¿Será estrés?

-Sí, es que cuidar a tu mamá es un proyecto que me ocupa las veinticuatro horas del día. No hago nada más que cuidarla.

Y era así. Mi madre mostró los primeros síntomas de Alzheimer a sus cuarenta y seis años. Apenas pudo jubilarse correctamente. Recuerdo la tarde en que una de sus compañeras de trabajo, y amiga de la familia, Yolanda, se topó conmigo en el Walmart. Yolanda, con el carácter fuerte y dulce que la caracteriza me exigió que la lleváramos al médico. Los estudiantes notaban sus marcados despistes y se la estaban vacilando; le decían en la escuela “la loca”. Ella todavía podía enseñar sus cursos de física y química, pero había olvidado cómo abrir su salón de clases, qué era una llave y cuál era la relación entre ese objeto y la puerta. El diagnóstico fue casi inmediato pues ya los síntomas eran muy notables: mi madre sufría de demencia temprana. Por supuesto, ese hecho reestructuró nuestras vidas para siempre. También la vida de mi padre. Esta experiencia amansó, hasta la muerte, al otrora sinvergüenza y guapo de barrio que él perfilaba. No solo su cuidado; la inmensa culpabilidad de todos los años en que maltrató física, emocional y económicamente a su esposa lo acompañaron sombríamente hasta el último día mientras atestiguaba su deterioro.

El lunes 28 de diciembre descubrí en uno de los cuartos, mientras limpiaba, un cajón rojo repleto de cartas y documentos aleatorios. Curiosamente, me puse a expurgar la papelería. Se me fue el alma al suelo cuando me di cuenta de que todas aquellas cartas, timbradas por el Tribunal Regional de Ponce, eran para mí. Las más recientes presentaban la renovación de sentencia de una demanda por cobro de dinero que me habían hecho hacía 8 años. Desconocía, por supuesto, la deuda.

-Papi, ¿y estas cartas del Tribunal?

-(Haciéndose el pendejo.) ¿Cuáles?

-Éstas. (Se las enseño.)

-¡Qué se yo! Todo lo que llega para ustedes yo lo echo en esa caja. ¡Pero olvídate de eso, mijo, si ustedes viven allá fuera!

-(Enojado.) Así no son las cosas, papi. Yo vivo en la misma jurisdicción y todo lo que me pase en términos legales o económicos en Puerto Rico me afecta en cualquiera de los otros 50 estados. ¡Y tú lo sabes!

Decidí frenar el argumento porque lo noté acorralado como un ratón. Además, era Navidad. Si el tribunal había esperado una respuesta por 8 años, podía esperar que despidiéramos éste.

A la mañana siguiente, tomamos juntos café. El último. Habiendo dejado a mami alegremente desayunada, se fue a bañar para salir a trabajar. A él le gustaba mucho su trabajo, a pesar de los recortes económicos y la crisis fiscal que habían reducido su jornada laboral a cuatro horas diarias. Cuando salió del baño, a penas en ropa interior, llegó hasta la sala para pedirme que lo llevara al hospital. Como una bala, agarré la cartera y las llaves del carro. Las instrucciones entonces cambiaron: “Llama al 911, me duele mucho el pecho”.

Solté la cartera y las llaves, agarré el teléfono y marqué. De un puño en nuestra puerta, desperté a mi esposo. “Papi está infartando.” Carlos me lo sostuvo mientras llamaba a los paramédicos. Papi no encontraba cómo sentarse o pararse, o caminar o volar. El dolor era evidentemente insoportable.

Colgué el teléfono. Lo agarré. Mientras les indicaba qué hacer a Carlos y a mi hermano Ferdinand, papi se desplomó en mis brazos. Se ahogaba. Los paramédicos llegaron rápidamente. Lo cargamos, con mucha dificultad, hasta la ambulancia. Allí, no le hallaban presión arterial. Todos los vecinos, asustados, se acercaron rápidamente a nosotros. Papi luchaba. Casi no dejó ponerse el suero. Camino al hospital, observé al paramédico impresionarse mientras miraba la máquina de signos vitales. Empezamos los dos a moverlo, a pedirle que aguantara, que era toro (le decía yo), que faltaba solamente un semáforo. Ayudé a llevarlo hasta la sala en donde lo acogieron no sé cuántos médicos y enfermeras. Me sentaron en una habitación contigua a esperar. Sentí un alivio extraño, de luto digamos. “Él llegó al hospital sin signos vitales. Lo lamento.”, me indicó la doctora. Murió de un infarto masivo.

Ese año, el 2015, lo despedimos en la Funeraria González que ubicaba (porque ya no existe) en la calle Villa de Ponce. Ese año, en que defendí exitosamente mi disertación doctoral, y me casé con mi compañero Carlos en el conservador estado de la Florida, además de conseguir mi primera oportunidad laboral como catedrático, acompañé a mi padre en ese misterioso proceso de la muerte. Como diría Guillén, quien retumba todos los días en mi cabeza, “todo mezclado”.

La ciudad se desplomaba en festejos y la dinamita neoliberal del caserío vecino celebraba el nacimiento del 2016, a las 12:00 en punto de la medianoche; entretanto, mis hermanos y yo nos reunimos en la casa de nuestros padres, en mesa redonda, a intentar encausar ese río caudaloso e indomable que representaba la herencia de una madre incapacitada por Alzheimer. Primero nos desbocamos violentamente sobre unas cajas de repostería con la esperanza de que el azúcar nos emborrachara lo suficiente para encarar el diálogo. Una vez superados los primeros mordiscos a esas mallorcas asesinas de la panadería La Imperial, logramos sedar exitosamente el manojo de nervios que veníamos anudando desde el golpe de muerte. Allí fuimos reconstruyendo la historia tragicómica de nuestra familia, pues nuestro padre era un bandido muy inteligente. Cada uno de nosotros conocía fragmentos de su atropellada existencia, por lo que esa noche armamos el rompecabezas de medio verdades y mentiras en las que habíamos crecido. El desahogo nos duró más de dos horas. A las 2:00 a.m. empezamos a organizar todos los asuntos de urgencia que necesitábamos atender para que ni el hogar ni la salud de nuestra madre se siguieran desplomando. Aquí tardamos una hora. Fue frustrante ver el cagadero que nos heredaron nuestros padres. Nada servía, nada funcionaba; todos los procesos familiares y económicos estaban viciados. No había ningún asunto bien resuelto. Todo estaba metafóricamente sujeto con “duct tape”.

Mientras crecíamos, nuestros padres se ocuparon de que recibiéramos una amplia formación cultural en términos de música, artes visuales y teatro. Sin embargo, la cultura familiar y económica en mi casa era paupérrima, por no decir nula. Y lo digo, no porque fuéramos pobres -que lo fuimos- sino porque a mi papá le importaban tres carajos pagar sus deudas. Si le fiaban la Isla de Puerto Rico, la compraba inmediatamente sin medir consecuencias. Nunca abandonó esa mala maña que por tanto tiempo nos ha crucificado. Aún después de muerto, nosotros sus hijos hemos tenido que atender unas cuantas demandas por cobro de dinero. Esa fue nuestra herencia: abogados, cortes, cuentas en estado de delincuencia y una madre incapacitada sin seguro médico. Y ni hablar de nuestras relaciones familiares: todas rotas, todas cuestionables; en algunos casos, inexistentes. La mal administrada personalidad colérica y sagitariana de mi padre lo condujo por la calzada de la cocaína y el crack durante los años ochenta y noventa. Las deudas crecieron, como crecieron también las demandas y las incertidumbres en el seno familiar. Todos nos afectamos; todos. Aunque abandonó la droga en el año 2002, las secuelas de los años de su autodestrucción nos siguen matizando, como fantasmas, la hora del café y la visita del cartero. Ya casi hago los cheques por vacilar, sin apenas preguntar qué Santo ni qué vela.

Una de las propuestas que le hice a mis hermanos esa madrugada fue la de traerme a mami para los Estados Unidos. Aquí, seguramente, le hubiera gestionado todas las ayudas disponibles para casos de salud como el de ella. A mi hermana, ni fu ni fa; ella se desentendió de esa responsabilidad una vez radiografió el enorme bulto. Al menor, quien vive en la ciudad de Nueva York, tampoco le afectaba directamente ninguna decisión pues para el estaba más que claro que no le tocaría ni una agüita. Pero Ferdinand, casi inmediatamente comentó: “Pero… ¿te la vas a llevar…”. Esa frase acompañada por una mirada insondable definió lo que sería en adelante nuestra nueva relación de hermanos. Nosotros no nos desentendimos. Los dos reconocimos esa madrugada que nuestras vidas habían cambiado de golpe y porrazo.

La víspera de la muerte, Ferdinand regresó a vivir a la casa. Había terminado con su novia, quien lo invitó a que se fuera inmediatamente del apartamento que compartían. Jamás se hubiera imaginado él que la mañana siguiente, sin haber siquiera iniciado el proceso de sanación de su ruptura macacoica, papi moriría y mami quedaría suspendida en el aire. Las opciones eran pocas, por no decir nulas. Él, con 28 años en las costillas, y en pleno apogeo de su etapa de rock’& roll, debía ocuparse de cuidar a la paciente. Fue como un baño de agua fría; más bien helada. Para amortiguar el golpe mortal de los hechos, comprometí económicamente a mis otros dos hermanos para pagar entre todos a una persona que viniera a ayudarlo, por lo menos durante el día.

Algunos familiares y amigos nos consolaban, que “si ustedes verán como aparecen las ayudas”, que si “averigüen las alternativas con el Sistema de Retiro para Maestros”, que si “a ella le toca su seguro social por viuda”, que si “ustedes pueden ir ahora a la procuradora del paciente”, que si “Dios da la llaga y el remedio”, entre otras ñoñetas concomitantes que esconden la vergonzosa frase, “se jodieron, pero yo no los puedo ayudar”. Agraciadamente, dos tías salieron en nuestro socorro. La tía Estrella, hermana de mi mamá, quien además de asesorarnos a través de todo el proceso de reestructuración familiar, traía comida caliente a su hermana todos los fines de semana; y la tía Daly -o Santa Tití Daly, como le llamamos- quien se ofreció, a cambio de un irrisorio sueldo, a cuidar de lunes a viernes a mami.

Antes de regresar a Orlando, contraté a un albañil de pueblo para que nos transformara el baño del hogar en un baño de paciente. Esos primeros días sin papi, aprendimos que la bañera era un obstáculo insoportable cuando intentas asear a un paciente que no está hábil de seguir instrucciones. Habiendo logrado esa meta en dos semanas, abordé el avión en Mercedita para por fin reincorporarme a mi vida… más o menos.

Los próximos dos años fueron difíciles, principalmente para Ferdinand. Mis hermanos no cumplieron cabalmente con sus respectivos compromisos morales y económicos. Todos los servicios que solicitaba o tardaban un huevo o exigían una lista apocalíptica de evidencias y documentos que hacían claudicar al más guapo. La Tía Daly no aguantaba más los dolores en su rodilla así que nos alentaba a que buscáramos a otra persona pronto. Él intentaba que su vida no se desmoronara: trabajaba un turno de seis horas, regresaba en las tardes a cenar, asear y acostar a mi mamá, tocaba con su banda en las noches y regresaba a dormir tres horas; los fines de semana buscaba a alguna persona dadivosa que quisiera quedarse con mami para que él librara el estrés sexualmente con su novia de turno. Y así, todos los días, mientras el cuerpo y la negación aguantaran.

Pero el apogeo de la crisis económica en Puerto Rico coincidió con la partida de la Tía Daly a Arizona. Ferdinand perdió su trabajo: lo despidieron. Ella no aguantaba más el dolor en sus rodillas, por lo que decidió regresarse a vivir con uno de sus hijos, el médico, a los Estados Unidos. En medio de la depresión y la soledad, apareció un día en la puerta un cobrador del Sistema de Retiro para Maestros:

-Buenos días, ¿esta es la casa de la Sra. Ana Méndez?

-Sí, pero ella está enferma. Yo soy uno de sus hijos, su cuidador.

-Es para entregarle esta carta. Es una advertencia de embargo. Si ella… o usted no hace un arreglo de pago con nosotros, nos veremos obligados a desahuciarlos.

-Pero, si esta casa se paga automáticamente con el cheque de su jubilación… Ella recibe el cheque en 0.

-Sí, pero como no se pensionó correctamente en el año 2009, mientras se tramitaba su jubilación la casa no se pagó. Nosotros habíamos llegado a un acuerdo con su esposo de transferir la deuda a otra cuenta paralela, para ayudarlos. Así los intereses de la hipoteca no aumentarían la mensualidad. Ella, o más bien su esposo, se comprometió a ir poco a poco abonando a esa otra cuenta mientras la casa se debitaba como de costumbre. Nunca se abonó ni un solo centavo. La deuda asciende a once mil dólares.

-Pues tendremos que hacer un plan de pago…

-No, no se puede. No hacemos planes de pago si la cantidad supera los diez mil dólares. Usted tiene que pagar mil dólares primero para salvar la casa. Luego hablamos de un plan de pago.

Cuando conversamos por teléfono esa semana, casi me da el patatús. Había llegado el momento de traérmelos a ambos. Mami había dejado de caminar y necesitaba ayudas múltiples. Estaba convulsando en las noches y le bajaba la presión a cada rato. Además, su doctora de cabecera no quería brindarle servicios a domicilio. Solo un médico, de reputación dudosa, nos hizo la caridad de visitarla de vez en cuando. Este era el cuadro: Ferdinand, un joven de 29 años, baterista de profesión, desempleado, cuidador de su mamá -paciente de Alzheimer (etapa 3) y epilepsia- sobrevive con la miseria del seguro social, la mensualidad que le enviaba su hermano mayor desde la Florida, y el auxilio esporádico del hermano neoyorquino, en una casa bajo amenaza de embargo.

Le extendí la invitación varias veces en el lapso de un semestre, pero él seguía atado a la ilusión de que algo bueno les esperaba a ellos, de que era imposible que no lograra salir adelante en su Isla. Esa convicción me parecía respetable y acertada, pero no era su caso. Ni el de ella.

Ferdinand y yo conversamos por teléfono el lunes 18 de septiembre de 2017 porque había amenaza de huracán para Puerto Rico. Irma representó un susto tremendo para nosotros, pero en su zona residencial no pasó gran cosa. Nunca perdió, por ejemplo, los servicios de agua y luz tan importantes para el cuidado de un paciente en cama. Comentamos todos los pormenores de la preparación y me indicó que, nuevamente, mantendría sedada a mami para que no convulsara. Tenía la lavadora llena y un par de galones de agua potable; pan, jamón y queso, cuatro latitas de salchichas Carmela (que donde quiera se cuelan), medio tanque de gasolina para emergencias, medicamentos para una semana y veinte dólares en el bolsillo. “Estoy preparado”, me aseguró.

En pocas horas, la tormenta se había convertido en un sistema categoría 5.

Asombrados por la amenaza del monstro, nunca imaginamos la magnitud del golpe. Sobrevivimos Georges en el 98, pero era categoría tres. Así que esta sería una experiencia nueva para ellos, como residentes de la Isla, y para mí, ahora, como espectador.

No supe de ellos por tres semanas.

Todo lo que la prensa iba filtrando a cuenta gotas era desolador. Los rostros demacrados de los boricuas en la Florida central matizaban los recogidos de alimentos y productos de primera necesidad. Por todas partes, se escuchaba la misma frase como un eco desalentador: “¿Supiste algo de los tuyos?”. Habiendo colapsado todas las antenas de comunicaciones, la angustia se triplicaba todos los días ante el desconocimiento del estado físico de nuestros seres queridos.

Tres semanas más tarde, me sonó el teléfono:

-Aló, ¿Ferdinand?

-Soy yo. Estamos vivos, ¡puñeta!

Cuando lo escuché, sentí como una garra que me arrancaba el corazón.

-¿Y mami?

Silencio.

Mami había estado sedada. Fueron 18 horas de azote. Se rompieron las puertas y las ventanas. Se inundó la calle; tanto, que, a medianoche, en medio de la crisis, Ferdinand se despidió de mami: “Mami, perdóname.” Agarró su mochila y se paró frente a la puerta a vigilar la subida del agua por si tenía que treparse en el techo. Cuando cesaron los vientos, soltó la mochila y se asomó a la calle. El árbol del vecino del frente había caído sobre nuestra verja y la rompió. Toda la flora del patio estaba quemada; el árbol de mangó inclusive.

Levantó a mami para desayunarla. Ella se encontraba muy débil pues pasó sobre 20 horas medicada. Empezó a masticar. Se ahogó. Ferdinand intentó sacarle el bocado, pero no pudo. La viejita se estaba tornando verde. Agarró su teléfono celular para llamar al 911 pero se dio cuenta que no tenía señal. Salió corriendo a la esquina de la calle con la esperanza de hallar a alguien que los socorriera. Dos policías que por allí patrullaban se detuvieron al verlo:

-¿Qué pasó, papá?

-Necesito una ambulancia, mi mamá se está ahogando.

-No hay servicios, mano. Haz lo que puedas.

Y así continuaron con su ronda. Ferdinand caminó a la casa devastado. Pensó que la hallaría muerta. Pero no fue así. La viejita había vomitado el alimento junto con un buche de sangre. Estaba viva. Cuando lo vio entrar, se sonrió y balbuceó.

Mantener a mami limpia fue un verdadero reto. Hacía mucho calor, los índices de humedad eran superiores y no había ventilación. Tenía que bañarla dos y tres veces al día, además de moverla de posición cada dos horas para evitar una ulcera. De todas maneras, las quemaduras aparecieron. Acostumbrada a un colchón de aire, regresar a la normalidad de un colchón regular la estaba afectando. En tres días, la parte inferior de su columna vertebral se le había puesto como una pelota de béisbol. Sin servicios de ambulancia, Ferdinand la subió a su Toyota Echo como pudo. La llevó a tres salas de emergencias en donde no quisieron recibirla por falta de electricidad. Una señora le recomendó que visitara unas monjitas en el pueblo que ayudaban a todo el mundo. Así fue. La limpiaron y la curaron y le regalaron una pomada para que le bajara la hinchazón. Todo esto me lo contaba a borbotones por el teléfono. La situación mejoró cuando mi hermana y su esposo aparecieron una tarde en la casa, “fue como ver venir a Dios”, me dijo.

Mi hermana se encargó de convencerlo de que había que abandonar la Isla. A pesar de la tragedia, no lograba darse cuenta de que sus alternativas se habían esfumado y que la salud de nuestra mamá se estaba deteriorando rápidamente. La vida los había obligado a empezar de 0.

Todavía el día en que viajaban, en el aeropuerto, hubo problemas para salir porque mami no cuenta con una licencia de conducir o identificación vigente, solo con su acta de nacimiento. Está enferma hace diez años, hace cuatro súper incoherente y dependiente; pero la aduana quería aplicarles el protocolo de siempre. Ferdinand, harto de odio, les dijo: “Miren bien a esta señora, lo deteriorada que está. Yo tengo 29 años. ¿Ustedes creen que me la llevo por gusto? Si tan difícil es el tema, yo se las dejo aquí sentada y ustedes decidan qué hacer con ella. Yo me voy para Orlando esta noche con o sin ella”. Los empleaditos de la aerolínea la dejaron pasar.

Entraron por Orlando a la medianoche. Carlos y yo los esperábamos con alegría, pero también con mucha incertidumbre. Nos esperaban meses de ajuste a una nueva e incierta realidad. Cuando entraron mami y Ferdinand, se me aguaron los ojos. Lo miré fijamente a la cara porque no sabía cuál sería su reacción. Traía unas ojeras impresionantes y una sonrisa falsa. “Lo logramos”, le dije.

-Sí… Acá estamos -y en sus ojos cafés se dibujaban una isla -ubicada en un inmenso, misterioso e inaccesible océano- y también la serigrafía de un joven, veinteañero y brioso, sin país ni sueños.

Antonio Sajid López nació en Ponce, Puerto Rico. Es doctor en literatura por la Universidad de Florida en Gainesville, en donde se desempeña actualmente como profesor de español y estudios culturales. Ha publicado los libros Etiologías (2016), Entre mi sexo y mis nervios (2014), Efímeras instancias (2011) y Canciones de cuna para un hombre y una ciudad (2009), entre otros. Su libro Metatetro hispanoamericano contemporáneo fue publicado este año por la editorial madrileña Pliegos.

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