Escrituras trans

«Registro de intermitencias», por Néstor Mendoza

 

El diario, entonces, como depósito de registros

de intermitentes apariciones mentales

Rafael Castillo Zapata

 

El aburrimiento debe ser descrito con gusto.

 ¿Cuántas cosas están ocurriendo en un día en el que no pasa nada?

WislawaSzymborska.

 

2018

24 de mayo. Miro su costado neogótico. Desde este lado también se aprecia el perfil de la amplia plaza en la cual transitan los bogotanos de la carrera 13 con calle 63. La veo casi siempre en las últimas horas del día, al morir la tarde nublada y escasamente asoleada. La noche le da unos matices que contrastan. Una hilera de ubers y sus conductores también la bordean. Uno trata de sentirla al otro lado de la acera. Uno trata de contar los picos que sobresalen de Ella, de verla más allá de las predecibles explicaciones que mentalmente me hago. Los espacios entre las puntas funcionan como nidos permanentes, habitaciones de las innumerables palomas. Ella sigue allí y parece no atender a los paseantes mayoritariamente jóvenes y abrigados y a los vendedores de «tinto» y «aromáticas», infusiones necesarias que suben un poco la temperatura corporal. La veo de costado todos los jueves, viernes y sábados. Pero lo mejor resulta cuando la veo de noche, cuando los dueños de locales comerciales recogen poco a poco el mobiliario que sobresale de las puertas, cuando ya no ofrecen cigarros, cuando barren el pequeño perímetro de su sustento diario, cuando se van y me dejan solo. Allí sucede otra cosa porque los paseantes no van a esos locales sino directamente hacia mí. Aunque no van directamente hacia mí sino hacia el túnel que antecede la entrada que hace guiños con sus luces de neón. Pero Ella no me ve de frente. Ella no puede verme de frente porque sencillamente la tengo de lado. Frente a Ella he visto a un hombre con muletas que intenta vengarse de un enemigo ebrio o drogado como él; veo a personas que por distintos motivos han elegido ser transeúntes permanentes, habitantes de calle, con sacos o bolsos, que inhalan y que toman colillas del suelo para sorber una última bocanada  (mis amigos L. y A. les dicen «coletos», pues, según ellos, así los llaman en la costa Caribe). Me cubro con dos pantalones, dos suéteres, una franela, una bufanda y unos guantes negros. Me cubro con un sol valenciano recordado. Espanto el entumecimiento con salticos esporádicos. Es mejor estar de pie que sentado, pues dos hilos de frío se meten por los pies y suben hasta el cuello cubierto con bufanda verdosa. No sé por qué pienso que la identidad nacional, que la idiosincrasia y tantas vinculaciones patrias están subordinadas a una realidad climática. Que nuestra risa es meteorológica, que nuestro llanto aparece cuando ya no nos defiende el sol. Pero allí está Ella, Lourdes, Nuestra Señora.

12 de junio. Yo no sabía qué significaba ser extranjero. Un niño de 7 años no se hace ese tipo de preguntas, tampoco espera ningún tipo de respuestas. Para un niño nativo que ve a un niño extranjero no parece existir la noción de patria, de estrías divisorias… solo entiende que ese otro niño es diferente, habla diferente, se ve diferente, pero no deja de parecerse tanto a uno mismo. A temprana edad, como miles de venezolanos nacidos en los ochenta, tuve compañeros colombianos en el colegio. Ese niño que fui se sorprende de que ese otro niño vaya a la cantina de un colegio venezolano, de provincia, y pida una Pony Malta («¿me regala una Pony Malta?», dice él). Ese niño que fui se sorprende y aún recuerda a ese otro niño que canta siempre una misma canción. Aunque solo se trataba del coro o del inicio. El niño que fui no la olvida. La memoriza sin querer, lo acompaña por muchos años hasta que un día descubre de quién se trata realmente. Esa canción es «Mi primera cana», de Diomedes Díaz. Ese niño que fui también se sorprende e incluso admira a ese otro niño elocuente, “extranjero”, que no tiene miedo de hablar en público, que alguna vez me defiende de otros niños abusivos, venezolanos, que me molestan en el recreo. Yo no recuerdo su nombre y tampoco importa mucho. Lo que importa es que aún persiste mi asombro al verlo en el anfiteatro del colegio en una pequeña obra teatral representando al cura Madariaga, en aquel curioso episodio de la historia venezolana en la que un movimiento de manos (o dedo, para ser más exactos) propicia la renuncia de un capitán español y esboza el inicio de la emancipación nacional. El niño que fui aún cree ver a ese otro niño y trata de entender algunas acciones desde un portal de Transmilenio.

26 de junio. Siempre la lucha cuerpo a cuerpo con ese «yo» que pretende inmiscuirse en todo lo escrito y en todo lo hablado. En el propio pensamiento, desde luego, pues mientras caminas piensas en ti y aunque pienses en los otros es solo una manera de verte a ti mismo pero desde lejos, desde una distancia prudencial que te permita percibir tus propios olores y el escaso calor que emana del cuello cubierto. Eso es lo que percibes mientras caminas y tratas de ubicar a alguien sin la franela amarilla de la «selección Colombia». Es como si trataras de entender a la familia que camina como eslabones amarillos, y que tú imaginas como un collar o una gargantilla que va de compras, en busca de la bolsa grande de papas y de varios six pack de Corona, Club Colombia o Poker. Ves a la niña que abraza al padre, al padre que sujeta a su pareja… y así caminan algo apurados porque es domingo de junio, y dentro de muy poco juega la selección. El abuelo camina y mastica una dona (el blanco pulverizado de la dona pinta la boca del abuelo, quien también lleva el pecho amarillo). Aunque hay pechos azules y rojos, el color predominante es el amarillo. Te detienes un momento porque pasas frente a un local y ves cinco espaldas amarillas con gorros de arlequín y «vuvuzelas» (una espalda, la más joven del collar, lleva un gorro con forma de tarro que desborda cerveza). No tienes pensado estar mucho tiempo allí, pero te hala la vertiginosa narración del partido. Pareciera que el gol puede llegar desde el primer minuto: eso es lo que transmite el narrador (¿por qué no se cansa el narrador?). Todo parece estar allí, y aunque te sientas un advenedizo, algo logras tomar de esa escena tras cada gol, especialmente el de Falcao. Otro abuelo llora, el collar amarillo se separa por un momento para gritar de pie y no le importa abrazar a los desconocidos. Es domingo y Día del Padre (el viejo Néstor Antonio no está cerca para ver esto, tampoco para abrazarlo aunque sea esquivo). Polonia se va sin goles y sin puntos. Colombia hace tres y se lleva tres.

Jueves 11 de octubre. He dado un salto de meses y ciudades, estados de ánimo, soledad y compañía. En Bogotá, esta tarde, en la Biblioteca Nacional, una hora y media antes de mi intervención en un festival de poesía, en la Universidad Javeriana. Retomo estas líneas con el ánimo en otro país, desde finales de marzo (tres semanas en Cúcuta, con mi hermana, cuñado y sobrinos), luego un viaje por carretera de 16 horas hasta Bogotá. Quisiera describir la travesía de tantas horas, al menos algunos episodios vitales. Sin computadora y sin ánimos no me parece posible. Pero quiero hacerlo.

13 de octubre. London Grammar me trae, o, mejor dicho, me traslada directamente a Valencia, al apartamento, a la laptop, reproduciendo videos, uno tras otro. Allí estoy yo, sentado, rodeado de mis libros, seguro, al menos, de un techo propio. Carente de otras cosas, es cierto: con miedo, sin dinero, con escasa comida, con dificultad para ir al trabajo, con ganas de irme del país. Ahora han pasado varios meses, específicamente desde el día en que abruptamente, y aprovechando el apoyo de mi hermana Griselda y Kennedy, mi cuñado, viajé desde Valencia a San Cristóbal, y de allí a San Antonio, y de allí a Cúcuta y luego a Bogotá. Ya terminé la jornada de los viernes en el bar (satisface el trabajo hecho, la jornada culminada, la tranquilidad de la madrugada mientras espero que llegue las 5:00 am). London Grammar: un grupo, una voz femenina, británica, acompaña este momento. Sigo estando, al menos por ahora, en Valencia. Toca lidiar con la intemperie, ese bulto que llevas como una pesada joroba de desapegos. Estar aquí es una manera de empezar nuevamente; empezar, en este caso, aceptando que se ha dejado atrás casa y demás refugios emocionales. Ayer participé en el Festival de Poesía Ojo en la Tinta, como uno de los invitados internacionales. Ese no es el problema, el nudo anímico que no logro desenredar: se trata de algo puramente personal, algo que he venido sintiendo desde hace unos meses. Es cierto que ya percibo una Bogotá más cercana, más habitual. La transito como quien cruza la avenida «Caracas» y reconoce algunos comercios, las tiendas para perros, gente joven, estudiantes, rostros, facciones más o menos  reconocibles y la presencia frecuente de paisanos, especialmente del Zulia. Sin embargo, dentro de mí —en las ideas y en ritmos corporales—, percibo que hay algo que sobra —¿sobro yo?—, que algo estorba —¿seré yo?—, que algo no termina de ser parte de los entornos que se frecuentan. Vuelvo a la descripción del Festival: me acompañan dos poetas mexicanos y cinco poetas colombianos. El presentador lee mi breve ficha curricular, es un joven que lee con seguridad y genera confianza. Yo espero mi turno para leer. Leo y no sé si soy yo quien está en ese cuerpo con camisa celeste y saco negro, poco a poco menos oscuro por el uso, pálido color por el uso. No sé si soy quien pone en la mesa una copia de un libro inédito y abre tímidamente una botella de agua mineral. No sé si soy quien va leyendo el poema XVI y mira rápidamente a las personas dispersas en uno de los auditorios de la Javeriana. Leo, trato de hacerlo con pausa, como me recomiendan Geraudí y algunos amigos. Eso hago. Se siente bien. Más controlado. Termino mi lectura, también con un lacónico cierre: digo «gracias», casi como si estuviese pidiendo perdón o permiso.

16 de octubre. Pronto, esta misma semana, debemos mudarnos (la búsqueda de un «arriendo» para tres, no tan costoso, mejor ubicado). Mientras eso sucede, gentilmente, el escritor Guillermo Bustamante y su esposa Lilian Caicedo nos hospedan por tres días en su casa (su amabilidad se repite y nosotros no hallamos un lenguaje para nuestra gratitud). Ellos acondicionaron para Geraudí y para mí la habitación de la pequeña Manuela, la menor de sus hijas. Guillermo tiene una gran biblioteca, repartida, mayoritariamente, entre volúmenes de narrativa, filosofía y libros sobre pedagogía. De allí tomé prestado, para leer en intervalos nocturnos, las memorias de Ernesto Sábato, Antes del fin, conmovedor relato de su historia de vida: «Cuántos de esos inmigrantes seguirían viendo sus montañas y sus ríos, separados por la pena y por los años, desde esta inmensa factoría caótica, esta ciudad levantada sobre el puerto, y ahora convertida en un desierto de amontonadas soledades».

30 de octubre. No es la abreviatura, en este caso, de distrito federal. Me refiero a un hombre. D.F nació en un pueblo cercano a Estocolmo. Le gusta mucho el vodka con naranja (o, como suele aparecer en las cartas de los bares, «screwdriver», también llamado «destonillador»). Al señor D.F le gustan mucho las hamburguesas de McDonald’s (la doble con queso, sin pepinillos y sin salsas). El señor D.F. está sentado en una mesa del bar, solo, todavía es bastante temprano: las 8:00 p.m., y tiene en su mano una botella de alcohol (no su trago de vodka, sino alcohol absoluto). No sé de dónde lo sacó. El señor D.F. (el navegante) me pide que me acerque a su mesa. Me muestra el recipiente. Él piensa que le he dado de beber alcohol absoluto en vez de vodka. Él es alto, blanco y algo mayor (unos 50 años aproximadamente). No sé cuántos tragos ha bebido (¿veinte?). Se nota enojado. Se abalanza hacia mí, me pide que huela, me obliga a beber del recipiente. Con la mano izquierda detengo su brazo. Nunca he peleado (quizás alguna escaramuza colegial, no lo sé ni lo recuerdo bien); en cambio, en una oportunidad, hace unos 7 años, logré impedir que a un amigo lo machacaran a golpes (me lo llevé varios metros, abrazado, con todas mis fuerzas, mientras trataba de negociar con el otro hombre que pretendía seguir golpeándolo). Ese es mi único palmarés: evitar que golpeen a otros, con mi escasa capacidad persuasiva en temas de violencia y puñetazos. En fin: a D.F. no se le pasaba la furia, y yo, algo confundido, me alejé de él. Fue algo ridículo hacerlo, es decir, correr delante de él mientras esquivaba mesas. Yo, que poco sé de luchas corporales, reaccioné con risa, no sé si nerviosa, mientras seguía dando vueltas por el bar. Es ridículo encarar a un hombre mayor, ebrio, eso pensé. Por eso seguí dando vueltas, hasta que apareció el señor A. Pero D.F no se dejaba convencer y A. no lograba persuadirlo: «Néstor trabaja acá, con nosotros, él es incapaz de hacerte eso que dices». Pero D.F. no parecía entender. Luego todo pasó, quizás; luego D.F. se acercaba aparentemente calmado, diciendo incongruencias (lúcidas incongruencias): «Mira, tú, veneco, los venezolanos son flojos», y cosas así). A veces pienso que hemos desarrollado una doble y contradictoria capacidad de tolerancia o de miedo; no lo sé; a veces pienso que hemos visto tantos horrores en Venezuela que ya no somos capaces de ponderar las ofensas, o que, por el contrario, hemos visto tantos horrores que poco importan los prejuicios y ofensas de un sueco ebrio.

8 de noviembre. No por placer turístico, se entiende perfectamente, sino por una decisión de vida, se «decide» emigrar (con o sin planificación: en avión, por carretera y, en meses recientes, mayoritariamente a pie). Los motivos son “harto” conocidos, de dominio público (comunicacional), individual y privado (patente en cada historia narrada desde la propia experiencia y bajo circunstancias con varios niveles de gravedad y tristeza). Pareciera que, dentro de cada uno, se va gestando una disolución de la provincia; es decir, pudiera darse una manera distinta de vernos como país, la opción interior de concebir, modificar o erradicar las viejas contiendas nacionales de ciudad-provincia, pueblo-metrópolis, ruralismo y urbanismo. En otras palabras, el final o el cambio definitivo de ciertos complejos en torno al lugar de procedencia, pues fuera de Venezuela, entiendo yo, no somos de Maracay, de Mariara, de Valencia, de Caracas, de Maracaibo, de Punto Fijo, de Tacuato, de Barinitas, de San Antonio, de Pampanito, de Puerto Ordaz…Todo se amalgama en una serie de cualidades y defectos, de cadencias habladas (nuestros modismos regionales y nuestro casi total «fenómeno lingüístico» de aspirar la «s» en posición final, esa vieja herencia andaluza, según algunos historiadores de la lengua castellana). Un venezolano en Santiago de Chile, en Barranquilla, en Londres, en Málaga, en Melbourne, en Arequipa, en Cuenca, ante los ojos de los lugareños, es, invariablemente, un venezolano. Y esto se complejiza dependiendo de los modales y actuaciones de cada uno: allí entra otro indicador, no regional, sino «ético», digamos: el «venezolano bueno» y el «venezolano malo» (parece inevitable, en este caso, el maniqueísmo). Por eso los errores tienden a generalizarse, cosa poco frecuente con las «virtudes». Pero ya sabemos que las malas actualizaciones viajan en avión y las buenas, lamentablemente, a pie, descalzas. En medio de todo, esto permite (¿o permitirá?) nuevos balances en el propio patio, cuando nos reencontremos, si se da el caso, o nos saludemos desde los límites de cada país mientras el nuestro, Venezuela, se convierte en pura nostalgia o infancia recordada.

***

Me cuesta atender situaciones simultáneas. No sé cómo caminar, balanceando preocupaciones, dar respuestas, no quedar mal. Uno se sube a un peldaño superior, anímico, y luego te dejas caer. No queda sino residuos, retazos, fotogramas, imágenes dispersas, las cuales, vanamente, intento reagrupar. Queda trabajo pendiente, corregir un par de capítulos de un libro, transcribir… mañana en la tarde trabajo en el bar.

Viernes 9 de noviembre. Un fragmento de Elías Canetti, de El suplicio de las moscas; en él he notado una hebra que, bien vista, puede leerse como poética, quizás una poética diarista: «Todavía no has aprendido a captar el instante en toda su fuerza: supones que seguirá brillando, no lo reconoces como tal; crees que una palabra nueva no puede apagarse. Pero todas se apagan, sólo existe lo que realmente anotas en el instante. Tendrás que reconocer esta limitación o terminarás por perderte tu verdadera vida, la de las ideas». Y este otro aforismo, mucho más breve, portátil, útil, digamos, para usarlo mentalmente, quizás como mantra: «El único modo de sobrellevar la desdicha es interpretándola».

10 de noviembre. Uso unas botas negras, de seguridad, de mi talla: número 40. Son casi nuevas. Me las obsequia A.R., dueño de Mi Tierra, bar donde trabajo. Seguí de largo; no he dormido. Estoy en la biblioteca de El Tintal, terminando un trabajo de corrección. El sueño pesa en exceso y el cansancio, pero debemos terminar el trabajo. Para recuperar un poco la atención escribo estas líneas; desearía tener un café negro, fuerte, aquí mismo, para espabilarme. Uno se olvida del propio cuerpo y solo aparece en el momento de la dolencia; digamos, por ejemplo, un dolor de muelas, o con aquellas sensaciones que reaniman el tacto: las caricias, un cuerpo cerca. Así, a veces, funciona la escritura: un puro asunto corporal, una lucha entre el desánimo y la apatía, por un lado, y la breve exaltación —excitación—por el otro. No es mucho lo que se puede hacer en esos casos. Debes tomar todo cuanto se pueda y llevarlo encima, dentro, en alguna parte nunca visible (reinterpretaciones de lo banal, lo que dura poco, la belleza reiterada, el miedo, la despreocupación, sentirse saciado y luego con hambre, sereno y angustiado, todo esto en alternancia). Los párpados pesan. El sueño está demasiado cerca para repelerlo. Debo intentarlo, volver a las obligaciones. Afuera llueve, esa lluvia debilitada pero insistente, que no llega a ser aguacero pero que activa el frío, lo duplica. No hemos traído paraguas y Geraudí piensa cómo guarecerse.

 

 

 

Néstor Mendoza (Mariara, Venezuela, 1985) Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Ha publicado, hasta ahora, dos poemarios: Andamios (2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; y Pasajero (2015). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas» 2016. Su trabajo poético figura en algunas selecciones dentro y fuera de su país natal, entre ellas, Destinos portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente (Vallejo & Co., Lima, 2015);Tiempos grotescos (revista Ritmo, UNAM, México, 2015); Nuevo país de las letras (Banesco, Caracas, 2016), Lyrikaus Venezuela. Nochbleibtuns das Haus(Hochroth Heidelberg, Alemania, 2018) y Antología de poesía iberoamericana actual (ExLibric, Málaga, 2018). Forma parte del consejode redacción de la revista Poesía, de Ediciones «Letra Muerta» y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American LiteratureToday (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano.

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