Ficciones

«Los pobladores», por Carolina Lozada

El último en irse fue el señor Kobe, el herrero. Desde la ventana lo vimos tomar el camino empedrado que conduce al puente. En sus manos llevaba las pesadas herramientas, en el morral sobre su espalda cabían las mínimas pertenencias personales. No volteó para mirar lo que dejaba, pocos lo hacían. Sus pasos se perdieron junto a su tos seca tras la neblina de esa mañana. Antonio se alejó de la ventana y me pidió que hiciera lo mismo. “Se te van a secar los ojos”, me advirtió. Me quedé un rato más frente al cristal observando cómo nos quedábamos solos, cómo nos íbamos haciendo limbo.

Antonio se devolvió al taller y continuó la tarea diaria, la emprendida desde hace tantos años: la hechura de miniaturas en madera, los juguetes de algunos coleccionistas. Él fabricaba y yo me encargaba de pulir las piezas, de ese trabajo vivíamos, por esa razón le resintió tanto la despedida del señor Kobe, el herrero se ocupaba de hacerle ciertos remates a sus trabajos. La noche antes de que éste se marchara, Antonio le pidió que se quedara, trató de convencerlo de que los tres podríamos continuar adelante a pesar de lo que sea que estuviera sucediendo afuera. “Ya nadie viene a comprar tus juguetes”, le recordó Kobe, “y en el pueblo no queda gente para ofrecerle mi trabajo; aun peor, ya no queda gente para que este lugar siga existiendo” sentenció y todos nos quedamos en silencio. Nuestro único vecino trató de persuadirnos para que nos fuéramos también, seguramente en otros sitios necesitan carpinteros, jugueteros, insistió, pero  Antonio ya no lo escuchaba y prefirió pedirle que se largara de una vez. Mi marido no quiso despedirse, tampoco aceptó la mano que le deseaba buena suerte. Algún intento de sonrisa se me dibujó entre los ojos aguados al abrirle la puerta para que saliera de casa por última vez, el último amigo.

San Mateo es una aldea pequeña; en realidad más que aldea es un caserío incrustado entre las montañas, delimitado por un río que cuando llueve se hace mar. Los días suelen ser lluviosos, en ocasiones muy fríos. Hasta poco antes de la ocupación vivíamos de los ingresos turísticos, algunos pobladores tenían su pequeño ganado, otros sembraban fresas y hortalizas. Y el pan con hierbas aromáticas y frutas secas habían hecho de San Mateo un paraje gastronómico. Antonio y yo éramos de la ciudad, pero nos acostumbramos al paisaje de este pueblo al punto que nos fuimos quedando. La muerte de nuestro único hijo, arrastrado por la crecida del río, fue el hecho definitivo: nunca lo abandonaríamos, siempre estaríamos en San Mateo hasta que la muerte nos hiciera sombra.

El temor comenzó a llegar desde la ciudad, desde donde huían sus pobladores para evitar quedar atrapados en la ocupación. Sin tener idea de lo que ocurría, un reguero de especulaciones alborotaba la tranquilidad de San Mateo, pero no eran lo suficientemente graves como para que perturbara completamente nuestra normalidad. Sin embargo, de repente todo se cortó, ya nadie venía a visitarnos. Fue como si de pronto nos hubiéramos quedado aislados en medio de la nada. Los días se volvieron un letargo, los pobladores ociosos se preguntaban por la ocupación: ¿rusos?, ¿terroristas?, ¿yanquis?, ¿comunistas? Teníamos que conformarnos con las suposiciones porque nada nos llegaba del otro lado, ni la mínima información. El último hombre de la ciudad que pasó por San Mateo estaba tan perturbado que ni siquiera hablaba. Llegó en un automóvil seco de gasolina, su rostro agotado fue a reposar de golpe sobre la bocina. Era de madrugada cuando nos despertó el ruido, al salir de nuestras casas vimos el carro como un auto fantasma en medio de la calle. Pensábamos que el conductor estaba muerto cuando observamos todo el cuerpo echado al frente, presionando la corneta que no paraba de sonar. No estaba muerto, pero lo estaría unos días más tarde, después de que asumiéramos su cuidado como si se tratase de un ave desvalida. Estábamos a la espera de su recuperación para que nos contara los hechos que ocurrían en la ciudad, de qué se trataba la ocupación, queríamos saber si corríamos algún peligro al quedarnos en el pueblo. Pero el visitante no habló, y una mañana amaneció seco y muerto como un pájaro.

Al principio fuimos muy pacientes, tratamos de tomarnos las cosas con calma; no obstante, hubo un hecho que tensó la cuerda e hizo reventar la histeria colectiva: Tom y Duno, jóvenes vecinos de la comarca, decidieron viajar hasta la ciudad para saber lo que ocurría a pesar de los ruegos de sus padres para que no lo hicieran. Los muchachos se fueron y no regresaron, tampoco lo hicieron sus papás cuando decidieron ir en su búsqueda. Desde estas desapariciones la tranquilidad de San Mateo se quebró, y las delirantes conjeturas sobre lo que podría estar sucediendo afuera aumentaron leudadas por el miedo ante la amenaza de lo desconocido.

En algún momento a alguien se le ocurrió especular que la ocupación de la ciudad se trataba de una epidemia, de una enfermedad mortal y que el hombre que llegó al pueblo trataba de huir de ese mal, pero ya venía contaminado y que seguramente lo había transmitido a quienes estuvieron más cerca de él. Los ojos aterrados por la premonición se enfocaron hacia Herminia y su esposo Sacramento, los samaritanos que se encargaron del cuidado del último visitante. El temor y la histeria lograron arrinconar a la pareja de ancianos al punto que estos se vieron obligados a escapar para evitar la muerte por el fuego purificador en manos del terror colectivo ante la posibilidad del contagio. Atrás dejaron sus ovejas, los tejidos de los que vivían; carne e hilo alimentaron el fuego con el que se trató de matar el virus de sus dueños apenas estos se fueron. Herminia y Sacramento eran muy viejos para soportar una travesía por el páramo, no podrían huir de las escarpadas montañas. Todos lo sabíamos mientras los veíamos alejarse por el camino húmedo y musgoso. Teníamos la certeza de que el páramo se los tragaría; sin embargo, nadie hizo nada por ellos. Desde ese momento no volvimos a ser los mismos.

Para salir de San Mateo hay que descender por un zigzagueante y empedrado camino que se encuentra rodeado de escabrosos abismos, a través de éste se llega hasta la carretera nacional, el enlace con la ciudad. Este camino solo es apto para automóviles rústicos. La otra ruta es más escarpada y peligrosa: implica cruzar las montañas hasta llegar a Pueblo Hondo, otra población tan aislada como la nuestra. Esta vía exige días de escalar y caminar, solo es aconsejable para jóvenes, baqueanos y adultos en buena condición física, nunca para los ancianos Miller, los que tomaron la vía una mañana escampada y con rifle en mano alejaban a cualquiera que intentara evitar su arriesgado viaje.

En la comunidad hay varios automóviles utilizados para ir a la ciudad a llevar mercancía y para hacer las compras de víveres y suministros, pero con la amenaza de la ocupación nadie se atrevía a usarlos, por esa razón casi todos los autos se encuentran guardados; excepto el de Tobías, quien en un arranque de coraje, o alocada desesperación, encendió su jeep y emprendió camino cuesta abajo. Al igual que Tom y Duno nunca volvió; a pesar de asegurarnos una y otra vez que así fuese muerto regresaría en forma de fantasma para informarnos de qué se trataba la ocupación. Después de la desaparición de Tobías nos sentimos verdaderamente cautivos y aislados en este páramo. Sin embargo, la verdadera cara de la desgracia se empezaría a dibujar más adelante cuando los víveres, suministros, animales y el resto de los alimentos comenzaron a escasear. Atosigados por las carencias, repentinamente nos vimos como hordas rodeando el pequeño negocio del señor Gómez para acceder a la mercancía acaparada por su instinto de sobrevivencia. En silencio nos acercamos hasta el local para exigirle que hiciera circular los productos escondidos. La resistencia que opuso su cuerpo solitario solo le sirvió para caer bajo nuestros empujones y pisadas indiferentes hasta no quedar de él más que una masa magullada y rota en un rincón de la casa. La vergüenza no nos permitió enterrar el cadáver, preferimos incendiarlo junto a la casa, en un intento soterrado de borrar el crimen cometido; aun así, las cenizas de la culpa se incrustaron en nuestra memoria.

La mayoría de los habitantes de San Mateo éramos personas mayores de cincuenta años, gente en posición de retiro, los más jóvenes al crecer se fueron a la ciudad en búsqueda de una vida más agitada, lejos de la tranquilidad bucólica que llevaban. Tom y Duno eran unos de los pocos jóvenes que decidieron quedarse con nosotros, pero ellos ya no están. Cuando cundió la histeria no todos los pobladores estaban dispuestos a irse, gente como la familia Ricoeur prefirió suicidarse en el camino de eucaliptos, muy cerca de su casa, dejando por escrito la petición de ser enterrados bajo la sombra de esos árboles. Sus ancestros habían escapado de guerra tras guerra, contaban en la carta, y ellos no querían continuar la errancia, ya era hora de quedarse en un lugar. Los cuerpos de Adèle, Fréderic y su  prima Monique fueron descolgados para cumplir su última voluntad. Antonio fue uno de los voluntarios para ayudar en la tarea, esa noche no durmió bien, lo sentí inquieto en la cama, murmuraba entre dientes. Fingí dormir, sabía que él estaba pensando en la muerte, en nuestro pequeño, en el día en que por fin lo encontramos luego de una larga búsqueda, atascado sobre las piedras del río. Cautivos de su muerte, por eso nos quedamos, al igual que los Ricoeur nunca nos iríamos de San Mateo.

Los días transcurrían entre miedo y paranoia, ya nadie intentaba detener a quien pretendía largarse; al contrario, le organizábamos reuniones de despedida y le deseábamos buena suerte. Quienes tenían familiares y amigos afuera aprovechaban para enviarles saludos, diciéndoles que estaban bien para no preocuparlos. Los que se iban llevaban los recados en forma de cartas o mensajes. Todo era una pantomima, cada quien jugaba su papel, sabíamos que el páramo tragaría a quienes intentaran cruzarlo, y que afuera si había gente ya no era la misma. Comprobaríamos nuestras sospechas más adelante, cuando los más dispuestos, lo menos enfermos fueron comisionados para encontrar las carnes de los cuerpos antes despedidos, la carne que sería usada para nuestra desesperada subsistencia.

Como deriva natural, el aislamiento comenzó a perturbarnos, la locura se asomaba a nuestras vidas. La señora Mercedes, la que en otros tiempos vendía gorros y bufandas tejidas, fue asaltada por monstruosas alucinaciones que la hacían ver gérmenes que le comían la piel. Verdes, sucios y gomosos, decía que eran sus atacantes cuando intentábamos protegerla de sus propias mordidas sobre el cuerpo. Descansamos de su demencia el día que acorralada por las terribles alucinaciones se lanzó desde uno de los riscos. No hubo tiempo para sobreponernos del espanto, apenas murió Mercedes reventó otra situación peculiar: Emma y Rudolph, la pareja de hermanos alemanes que se encargaba de la producción de pan, empezaron a dar muestras de extraño comportamiento: dejaron de hablar en castellano y se comunicaban solamente en su lengua nativa. Junto a su giro lingüístico, que impidió nuestra comunicación con ellos, se dieron a la tarea de vestir y actuar como niños. Los extraños hermanos (de quienes se presumía mantenían una relación incestuosa) paseaban por el pueblo como dos chiquillos correteando y haciendo travesuras, jugaban a las escondidas, tenían amigos imaginarios con quienes se dedicaban a tirar estiércol frente a las casas y luego huían en alegre estampida. Emma dejó de peinarse con un moño alto y optó por dos trenzas con flequillo mientras que Rudolph cortó sus pantalones hasta las rodillas.  Era escalofriante ver a los hermanos meciéndose en los columpios,  hablando con entonación infantil, pero lo macabro apenas se mostraba en esos juegos a destiempo, lo terrible ocurrió cuando Emma, Rudolph y sus amigos imaginarios se dieron a la tarea de meterse en las casas de los vecinos más ancianos para jugar con ellos como si fueran muñecos. La peor desgracia ocurrió cuando abusaron de los débiles cuerpos de Herta y Milos, la pareja de austriacos que se dedicaban al cultivo de fresas, y terminaron matándolos. Ante estas muertes nos enfurecimos a tal nivel que arrinconamos en su casa a los antiguamente simpáticos Emma y Rudolph y los tundeamos tanto, para que aprendieran a respetar a los mayores, que de pronto dejaron de llorar y moverse.

Los últimos eventos nos habían convertido en vecinos desconfiados unos de otros. Empezamos a vivir a puertas cerradas, se acabó la cordialidad en nuestra comunidad. Yo estaba sumida en el desasosiego de la incertidumbre, Antonio trabajaba como un maníaco para no dejarse acorralar. Fabricaba cientos de muñequitos de madera a la espera de que todo se normalizara y volvieran los turistas, sus potenciales clientes. No sé en qué momento los juguetes dejaron de caber en el taller y se fueron desplazando hacia la casa, de pronto los hombrecitos comenzaron a habitarnos cada rincón. Estaban apilados en la despensa, en gavetas, sobre las mesas, dentro del clóset, bajo la cama, acostados en el sofá, algunos se metían hasta en los bolsillos de nuestros abrigos. Entretanto la casa se llenaba de estos pequeños habitantes, Gilberto, el vecino más inmediato que teníamos, se dio a la tarea de construir un muro para rodear su vivienda, según él con esto impediría el paso de virus y extraños. Raúl, su pareja, lo apoyaba; así que juntos se dedicaron a sus labores de refugio. Día a día veíamos cómo la casa de estos antiguos amigos, la que estaba ubicada en lo más alto de la colina, desaparecía tras el muro de piedras y concreto. Raúl y Gilberto en su enloquecido intento de quedar aislados de la fatalidad que nos cercaba no se conformaron con construir el muro hasta la altura máxima de su casa sino que fueron yendo cada vez más allá, poniendo piedras sobre piedras en un interminable muro que terminó tapiándolos de cualquier asomo del afuera. Desde nuestra ventana observamos cómo mientras uno se afanaba en los trabajos de albañilería, otro se dedicaba a vigilar el fuerte con una escopeta en la mano. Entendimos que la razón se les había volado de la cabeza y eran capaces de disparar a cualquiera que se aproximara a sus dominios, por eso no intentamos averiguar qué había pasado con ellos cuando dejaron de construir. Un día el muro dejó de crecer y en ese lugar todo dejó de moverse.

La comunicación entre Antonio y yo se fracturaba, hablábamos tan poco que ni siquiera me enteré de su proyecto de fabricar un ejército de soldados para protegernos de lo que sea que viniera de afuera, usando como modelo los clásicos soldaditos verdes, los de plástico. A partir del modelo los haría en tamaño escala, temibles hombres de madera con más de un metro ochenta de estatura. Yo llevaba días sin entrar al taller para evitar toparme con su actitud huraña, con su mal humor empeorado desde la partida del señor Kobe. Prefería quedarme en el cuarto o vagar por las casas abandonadas en búsqueda de cualquier lata de conserva, o de un poco de sal o azúcar que los vecinos hubieran dejado olvidado en su  repentina desaparición. Esta vez apenas encontré algunos restos de café y un álbum de fotografías de cuando empezamos a construir la aldea. Un álbum repleto de fotos con rostros alegres de los antiguos visitantes que un día decidieron fundar junto a nosotros esta aldea en medio del páramo. En las fotografías San Mateo era un sitio en construcción, el sueño de quienes queríamos alejarnos del enjambre citadino para arroparnos en la tranquilidad del campo. En la mayoría de las fotos salía Antonio, el ideólogo del paraíso sanmateano. Entusiasmada con el hallazgo de buenos recuerdos corrí a mostrárselos, con un recobrado amor por mi marido.

Lo primero que me topé fue una pieza en forma de soldado cuyas manos sostenían una granada, en una posición que sugería que estaba a punto de lanzarla contra el enemigo. En ese mismo momento, Antonio terminaba de darle los remates a un soldado que con una mano sostenía un fusil y con la otra daba señales para que lo siguieran. A un costado estaba la pieza de un soldado que agachado fijaba su ojo en la mira óptica de un arma dispuesta a ser disparada. “Son de la infantería”, me dijo ante mi mirada interrogante. La barba le cubría buena parte del rostro, tenía aspecto dejado, últimamente amanecía trabajando en el taller, y yo estaba tan ensimismada en mis temores que no había notado sus cambios. “Construiré un ejército para que nos defienda”, dijo, “nadie nos sacará de San Mateo, de ser necesario moriremos en combate, pero nunca en huida”. Pronunciaba cada una de sus palabras con la convicción de un loco. “Tienes que pintarles el uniforme en colores de camuflaje” me pidió en forma cariñosa, apretándome una mejilla. El roce de su mano sobre mi piel hizo estática, ¿Desde cuándo no nos tocábamos? pensé. ¿Desde cuándo no teníamos sexo? Antonio siguió concentrado en su trabajo, me dijo que tenía que hacerlo hasta reventar para poder tener listo el ejército, todavía le faltaba el resto de los batallones. Ni siquiera se fijó en el álbum que llevaba en la mano; aunque se alegró cuando le dije que había encontrado un poco de café y que iría a prepararlo. Al regresar con la tazas de la bebida aproveché la ocasión para mostrarle el álbum, solo así pude sacarlo de su maníaco trabajo. Sonrió mientras miraba nuestro pasado congelado en imágenes. Con algunas fotos los ojos se le hicieron agua. Pasamos la tarde recordando anécdotas de los tiempos de la fundación. Las sensaciones encontradas se nos agolparon a la altura del pecho y los silenciosos soldados presenciaron nuestro llanto y escucharon nuestro renovado juramento: nunca nos sacarán de San Mateo.

Prometí ayudarlo con la fabricación del ejército, una vez listo pondríamos a los soldados en lugares estratégicos para la defensa y el ataque. Ese día volvimos a estar juntos, nos revolcamos desnudos entre el aserrín y los ojos mudos de las figuras de madera.

Todos se fueron, de no ser por los soldados estaríamos íngrimamente solos. En las noches la neblina baja hasta ocultar el pueblo completamente, a la mañana siguiente volvemos a aparecer como un acto fantasma, pero hay días enteros de lluvia y bruma en los que San Mateo desaparece, literalmente. Durante esos días trabajábamos con ánimo enfebrecido, si queríamos evitar que la ocupación se adueñara del pueblo teníamos que culminar nuestro ejército lo más pronto posible. De algún modo la neblina era nuestra aliada, nos ocultaba del enemigo. Por previsión decidimos empezar a poner los soldados que estuvieran listos en sus puestos de defensa y combate. El primer lugar escogido fue la atalaya construida piedra sobre piedra por Gilberto y su amante Raúl. Cuando tomamos la decisión de acercarnos hasta su construcción no sabíamos si la pareja continuaba con vida, de modo que nos aproximamos con mucha cautela. Para escalar el muro nos valimos del equipo de trepar que en otro tiempo compramos para alquilar a turistas aventureros a quienes les gustaba escalar entre riscos montañosos. No hubo nadie que impidiera nuestro ascenso, se cumplieron nuestras premoniciones, la casa estaba sola. Casi en la salida de la casa hayamos dos esqueletos, uno de los cráneos estaba roto, se encontraba tan astillado que parecía que un gran peso lo hubiera aplastado; acaso la piedra que estaba al lado del cuerpo. El otro cadáver se hallaba muy cerca y su cráneo estaba casi completo de no ser por un orificio pronunciado en la sien derecha, causado probablemente por la escopeta que yacía muy cerca del cadáver. ¿Qué había pasado con Raúl y Gilberto?, ¿eran ellos? Después de la muerte todos somos iguales, ¿cuál era cuál?, ¿quién reventó la cabeza a quién?, ¿quién presionó el gatillo contra sí mismo? ¿Acaso uno de ellos quiso huir del fuerte y el amante se lo impidió? Al principio pensamos enterrar sus cuerpos, pero luego decidimos hacer algo más práctico: desarmar las piezas de los esqueletos para colocarlas en el muro y alejar al enemigo. Las dos cabezas las pusimos una al lado de la otra, de cara al camino que conduce a la entrada.

Antes de dedicarnos a pensar qué hacer con los cuerpos le dimos prioridad a la revisión de la casa, estábamos seguros de que Gilberto y Raúl debían estar muy bien abastecidos si pensaban sobrevivir encerrados. Teníamos razón, adentro había comida, suministros y ratas; las mismas que seguramente se comieron los cuerpos de Raúl y Gilberto. Las mismas más sus crías, que podríamos comernos si nos quedamos sin provisiones. Antonio y yo estamos dispuestos a sobrevivir a toda costa hasta que pase la ocupación y todo vuelva a ser como antes, por esa razón nos entrenamos en técnicas de supervivencia, a estas alturas ya no me daba asco comer gusanos o cualquier animal rastrero, y si era necesario hervir estas ratas para matar sus microbios antes de comérnoslas, lo haría.

Después de revisar la casa nos dimos cuenta de que ésta estaba mejor acondicionada que la nuestra; así que decidimos mudarnos, pero manteniendo el taller en su mismo sitio porque una mudanza completa no la soportarían nuestros debilitados cuerpos. Algunos de los carros rústicos todavía tenían gasolina, gracias a esto pudimos subir a los soldados hasta la casa para ubicarlos en el muro. Antes de que cada soldado ocupara su puesto oficializamos un juramento en el que ellos se comprometían a velar por la defensa del noble suelo de San Mateo. El acto fue muy emotivo, y lo hubiera sido  aún más si hubiéramos tenido himno, esto se lo insinúe a Antonio, pero  no había tiempo para componer canciones, nuestros muchachos tenían que ir al frente ya.

En la casa amurallada nos sentíamos más protegidos, la alacena llena también nos daba tranquilidad, tanto que a veces nos permitíamos momentos de solaz y hasta hacíamos el amor, en ocasiones delante de los soldados, esto nos excitaba demasiado. A Antonio le gustaba verme agachada frente al bulto del hombre de madera, el que él intencionalmente había tallado con proporciones prominentes, en posición de llevármelo a la boca. Más de una vez ocurrió que mientras Antonio estaba encerrado en el taller, yo me iba a juguetear con la soldadesca, me gustaba restregarme contra ellos. Sin duda, los hombres de madera oxigenaron nuestra vida sexual.

Cuando terminamos de construir nuestro ejército nos dedicamos a ubicar cada hombre en sus puestos de ataque y defensa: en el puente, a orillas del río, escondidos tras los árboles, apuntando desde alguna ventana, atentos dentro de las trincheras, en las entradas de nuestras habitaciones. Gracias a nuestro esfuerzo San Mateo se encontraba protegido.

Los días transcurrían en una rezagada monotonía, nada llegaba de afuera, ninguna forma de amenaza ni información, la espera y la modorra comenzaban a hacer mella en nuestro ánimo. Yo extrañaba la antigua dinámica de San Mateo, la convivencia con los otros. A veces me parecía escuchar la voz de Martín, nuestro pequeño. Antonio me consolaba, me aseguraba que la normalidad regresaría a nuestras vidas, que algún día la ocupación cesaría. Pero nadie podrá devolver a nuestro hijo, le respondía con el llanto inundado de tristeza. Antonio no dijo nada, calló y me observó también con resignado dolor, de inmediato me besó y abrazó y después salió de la habitación para encerrarse en el taller en donde las horas se hicieron días sin que yo pudiera ver el rostro de mi marido. Durante esos días ni siquiera intenté molestarlo, preferí dedicarme a vagar por las solitarias calles del pueblo. Me sentía demasiado triste y sola, sería por eso que me puse a llamar desde las puertas a los vecinos y a veces entraba a sus casas y me hacía la idea de que ellos estaban ahí, entonces fingía ser visita.

Un día, Antonio por fin salió del taller. Me buscó por todos lados, ya no recuerdo en casa de quién me encontró. Fue comprensivo y tierno conmigo, me dijo que me tenía una sorpresa y me llevó hasta la habitación de Martín. ¿Qué broma es ésta?, le pregunté. Antonio hizo que me acercara a la cama y descubriera la sábana que arropaba un bulto. Ahí estaba, un pequeño Martín hecho de cuerpo, alma y corazón de madera. Antonio había cuidado todos los detalles, hasta la cicatriz en el mentón, la que se hizo mientras jugaba entre los árboles. Esta vez lloré de una alocada felicidad, nuestro querido hijo estaba de vuelta con nosotros gracias a las hábiles manos de su padre. Lo besé, lo abracé, lo amé. Los dos abrazamos al pequeño, lo amamos, por fin la familia volvía a estar unida. Martín, Antonio y yo, los tres juntos en todos lados, paseando por el pueblo, haciendo picnic, celebrando los cumpleaños de cada uno, yendo de casa en casa para informarles a los vecinos que nuestro muchacho estaba de vuelta.

Antonio, ¿y si también hacemos volver a los vecinos?, le sugerí, y a mi esposo le pareció una idea genial y los tres pusimos manos a la obra. Y fue así cómo empezamos a habitar de nuevo a San Mateo, día a día tallábamos a  cada uno de nuestros antiguos y queridos vecinos, guiándonos por los recuerdos y las imágenes fotográficas, labrando la mejor pose de cada uno. A los hermanos Emma y Rudolph los ubicamos rubicundos y sonrientes desde su mesón de amasar el pan,  a Herminia y Sacramento los metimos en el corral junto a sus ovejas, éstas últimas también reproducidas en sus medidas exactas. Hasta la boina de Sacramento quedó perfecta, un poco ladeada hacia la derecha, como él la usaba. A los Miller los dejamos asomados en la ventana, mirando el paisaje mientras toman café. En el invernadero de fresas pusimos a Herta y Milos, ambos en posición de trabajo mientras que a la señora Mercedes la sentamos en un sillón de su casa, el lugar donde pasaba las horas tejiendo. Detrás del mostrador de su negocio sonríe el entusiasta comerciante Gómez. La familia Ricoeur pronuncia sus erres francesas sentados alrededor de la mesa, en una eterna disposición a tomar el té. Al señor Kobe se le ve con sus fuertes brazos golpeando el metal. A la pareja compuesta por Raúl y Gilberto los dejamos asomados desde la altura de su muro, mirando hacia el otro lado del río, junto a los guardianes, encargados de la vigilia del pueblo. A quienes se fueron y no volvieron: Tom, Duno, los padres de estos y Tobías los hicimos regresar, encaminándolos en el puente, de vuelta a casa. Los chicos llevan los brazos en alto, en señal de saludo, de “hey, volvimos, aquí estamos”.

Fueron días de trabajo duro, sobre todo para lograr calcar las facciones de los habitantes, para poder ubicarle el alma en los ojos. Terminamos agotados pero valió la pena. Las fuerzas nos la dio Martín, él nos renovó la vida. Aquí estamos todos los pobladores de San Mateo, cada uno en su cotidianidad, resistiendo la ocupación. Ni piense la muerte que nos va a echar, Antonio y yo tomamos previsiones: también nuestros rostros y cuerpos han sido tallados. El mío fue capturado en la mirada materna, en la devoción hacia Martín. Antonio opuso resistencia cuando le insistí que su cuerpo debía tener el porte de un prócer porque su hombre de madera debía ocupar el podio en la plaza, como el fundador y salvador de San Mateo, para cuando llegue la ocupación sepa que este pueblo y sus pobladores tienen héroe, un Dios que les dio la vida. Al final Antonio supo comprenderlo y entre los tres nos dedicamos a hacer la pieza más delicada de todas: la del héroe, fundador y salvador de San Mateo y junto a los vecinos la subimos en su pedestal. Ninguna ocupación podrá con nosotros, los pobladores.

 

 

Carolina Lozada, narradora venezolana con estudios en Letras y filosofía. Ha publicado El cuarto del loco (2014), La culpa es del porno (2013), entre otros libros de cuentos.

 

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