Memorias

«¿Dónde queda Macondo?», por Nathalie Iriarte

Tía Aida tenía diez años cuando escuchó que un congelador había llegado a una casa del pueblo. “Don Papito Cuéllar fue el primero en tener heladera. Toda la gente estaba alegre. Por primera vez había hielo. La gente comenzó a hacer refrescos y a venderlos fríos. ¡Una maravilla!”. Tía Aida recordaría toda su vida la primera vez que vio el hielo. Aureliano Buendía también. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, dice la primera frase de Cien años de Soledad.

En la novela, Gabriel García Márquez nombra la palabra hielo 11 veces.

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La primera vez que leí Cien años de Soledad quedé profundamente convencida de que García Márquez había descrito a mis parientes, vecinos y conocidos. En mi pueblo, como en el de los Buendía, los caballeros de renombre preservaban el honor familiar pistola en mano. Las familias se enemistaban de por vida y el perdedor era desterrado.

En Cien años de Soledad, la palabra duelo aparece nueve veces.

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Prudencio Aguilar, o su fantasma tiroteado, se quedó vagando en la ranchería. Mientras, José Arcadio Buendía –asesino lleno de remordimientos– se fue a fundar otro pueblo. Así nació el Macondo literario.

Un primero de enero de mediados de los 90, vi a mi padre salir de casa con un revólver. Su hombría había sido ofendida en la fiesta de Año Nuevo y él no quiso agarrarse a golpes con un borracho imprudente. Era propio de los hombres buscar al agraviador a la mañana siguiente. Desde afuera, un episodio así puede parecer salvaje, un asunto de machos alterados. Desde adentro, donde solo existe un policía al que nadie respeta, un padre que defiende el honor familiar es el único amparo. En mi pueblo, un padre honorable es lo más cercano a la justicia.

Los minutos que mi padre tardó en resolver la cuestión fueron interminables. Las mujeres y niños esperábamos en casa. Finalmente el tipo se disculpó y el duelo no se llevó a cabo. Mi pueblo es Macondo.

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Mi pueblo se llama Santa Ana del Yacuma y se encuentra en la Amazonia de Bolivia. Santa Ana es un pueblito que hace muchos años fue ciudad. Lo que para Macondo fue el banano y la Compañía Bananera, para Santa Ana lo fue la cocaína y el narcotráfico en los años 80. En Macondo, la tierra húmeda era ideal para hacer del banano un imperio. En Santa Ana también, pero como no había tren para transportar lo que se sembraba, ni carreteras que comunicasen al pueblo con el país, la agricultura nunca prosperó. En vez de tren, Santa Ana tenía y tiene una gran cantidad de avionetas tipo Cessna que se usan como taxi aéreo. Las avionetas y la ausencia del Estado hicieron la dupla perfecta para exportar droga sin control alguno. Gente de todos lados del mundo llegó a Santa Ana intentando ser parte del infame negocio que trajo crecimiento. El pueblo se jactaba de tener uno de los índices de ingreso per cápita más alto del país. En esa época Santa Ana creció y se llenó de mansiones como las de los gringos en Macondo durante la fiebre del banano. Santa Ana llegó a tener más de 25.000 habitantes y fue declarada ciudad a pesar de no tener ni un hospital importante, ni alcantarillado  ni carreteras.

En 1985, yo nací en ese rincón del mundo y fui parte de ese crecimiento poblacional que nos elevó de pueblo a ciudad. Santa Ana terminó los años 90 relativamente libre de la fiebre del narco y dedicada a lo de siempre: ganadería. Pero dos décadas más tarde llovió tanto que los ríos se desbordaron y el agua dejó al pueblo hecho una isla. Murieron más de un millón de animales entre ganado vacuno y caballar. Sucedió en 2014 y el pueblo todavía intenta recuperarse.

Estos días en Santa Ana viven unas 12.000 personas y el número sigue en descenso. La migración comenzó hace varios años y mi familia y yo fuimos parte de ese número. Nos mudamos a Santa Cruz, la ciudad en auge de Bolivia. Dejé mi pueblo a los 14 años. Mi madre decía que nos fuimos para tener mejor educación y prepararnos para la universidad. Yo creo que era otra cosa. En esa época, las niñas de mi edad comenzaban a “huirse” con sus novios para volver días después con la honra desgastada. Lo único que podía salvarlas era que el ladrón quisiera luego casarse. Que quisiera o que lo obligasen a querer. Santa Ana es Macondo.

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Plátanos verdes a la derecha, plátanos verdes a la izquierda. Camino de tierra. Kilómetros de lo mismo. Esta es la zona bananera del departamento de Magdalena, Colombia. Un letrero recién pintado reza: “Bienvenidos al verdadero Macondo, tierra de inspiración que dio origen al mágico mundo macondiano. Fundada en 1820”. El letrero original solo decía Finca Macondo y no se sabe su ubicación exacta. García Márquez cuenta que cada vez que viajaba en tren hacia su pueblo, Aracataca, veía ese cartel.

“Yo tenía el libro ese. El de los Cien años. Pero fíjese que no lo leí mucho porque se lo llevó el agua”, dice don Miguel, que tiene la piel como una vieja aceituna negra y los ojos cansados de cargar cataratas. Es el más viejo de su comunidad pero los años no le pesan al darle machetazos a unas hojas secas que le cuelgan a su planta de bananos.

A este Macondo –como al Macondo del libro y a mi Macondo– también llegó el diluvio. Las inundaciones son cosa común en esta zona y don Miguel dice que perdió todas sus pertenencias de valor en la última que tuvieron hace dos años. Entre ellas, el libro que cuenta la historia que nunca leyó. El lugar parece detenido en el tiempo. Las casitas de este Macondo son de barro, tienen techo de zinc y unos pocos trastes viejos que sirven para comer y dormir. Aquí, en el “propio Macondo”, viven don Miguel y otras 250 personas. Todas se dedican a sembrar, cosechar, pesar y empacar plátanos verdes.

La Finca Macondo que vio García Márquez en su niñez no se parece en nada a ésta. Tampoco se parece al imperio del banano del libro. Aquí, la Compañía Bananera se llamaba Fruit Company y se fue hace varios años dejando a sus habitantes con los recuerdos de una abundancia que, aunque mal repartida, alcanzaba para todos. En Colombia, la industria bananera tuvo su pico en los años 20. En ese entonces, las fincas de plátanos trajeron el progreso como el narco llevó a Santa Ana. Gentes de todo el mundo vinieron a vivir a la zona para ser parte del negocio. Cerca de esta comunidad quedan restos de aquella época.

Casonas enormes, vajillas importadas de Inglaterra, cubiertos de plata, copas de cristal de roca, eran algunos de los lujos que los gringos acomodaron para vivir en medio de esta zona tropical. Ahora solo quedan mansiones derruidas, piscinas llenas de algas y finos empapelados carcomidos por la humedad. La comunidad de Macondo está a pocos minutos de esos campamentos de lujo avejentado.

Escondida del desarrollo entre racimos de plátanos, Macondo reclama ser parte del recorrido turístico que llega a Aracataca, el pueblo donde nació el Gabo. Los habitantes de Aracataca y de Macondo anhelan que turistas fanáticos de la literatura puedan reemplazar al plátano. Macondo es Macondo.

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En Aracataca todo se asocia con García Márquez. En el camino, una valla dice: “Mac Kondo, condimentos”. En las calles los bicitaxis se llaman “Trans Nobel” o “Trans Macondo”. En la entrada del pueblo se erige un monumento kitsch dedicado a Cien Años de Soledad: una foto de Gabo sonriente en la base, un libro abierto con algunas líneas de la novela, una mujer desnuda que asciende al cielo como Remedios La Bella y mariposas amarillas que coronan la mezcolanza.

Aracataca reclama el encanto de la obra de Gabo. “Aquí pasan milagros todo el tiempo, somos un pueblo de realismo mágico”, dice Dilia Todaro, una mujer pequeña que viste camisa amarilla con mariposas bordadas y carga en sus hombros el rescate cultural del pueblo. Una caminata de pocas cuadras muestra que aquí los árboles se adornan con mariposas amarillas. El club de lectura y muchas casas se pintan de ese color. No hay duda: Gabo heredó a su pueblo su amuleto de la suerte.
Es 28 de mayo de 2017 y Aracataca festeja 102 años de fundación. El pueblo solo tenía doce años cuando, sin saberlo, parió a su hijo más afamado. Hoy, para celebrar, reciben al cineasta colombiano Lisandro Duque que proyectará su película Milagro en Roma en la plaza. La cinta está basada en un relato que Gabo publicó en su libro Doce cuentos peregrinos. Duque desempolvó la película de 1987 para rendir homenaje a la tierra de su gran amigo. García Márquez y él compartieron varios proyectos pero este fue su favorito. Niños y grandes arrastran sillas de plástico frente a la pantalla y la película comienza. Los grandes la miran con el peso del calor en los párpados. Los niños disfrutan del cine improvisado con globos amarillos en las manos.

Un padre busca a su hija en el colegio. La nena lo abraza y misteriosamente cae muerta en sus brazos. El llanto. La negación. Chiquillas vestidas de blanco cargan el ataúd hasta el cementerio. Muchos años después desentierran el cuerpo y se dan cuenta que está intacto. El pueblo declara Santa a la niña y hace una colecta para enviar al padre al Vaticano. Ataúd en mano, el hombre llega a Roma en busca de la beatificación. El Vaticano rechaza el milagro y lo amenaza con quitarle a la niña.

Él, desesperado, le pide a su hija que deje de jugar a la muerta. En una confusa escena que mezcla realidad y ensueño, la niña despierta. El público aplaude sin dejar que la película acabe. El niño Gabito logra una vez más hacer que la gente crea en sus cuentos mágicos. Aracataca celebra el milagro de la resurrección y todo el mundo se va contento a casa. Aracataca es Macondo.

En Cien años de Soledad, la palabra milagro aparece 17 veces.

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En mi pueblo también se cree en los milagros. Dicen que en los años 70 llegó una de las peores sequías a Santa Ana. Los hacendados no sabían que hacer, pasaron más de cien días de sequedad. Lo único que quedaba era rezar. La voz se fue pasando de casa en casa: todo el pueblo debía reunirse en la plaza. Los padres nuestros y las aves marías chorreaban de las bocas de las mujeres pidiendo que el cielo haga lo mismo con el agua. Cuando la gente comenzó a irse a sus casas cayeron las primeras gotas: grandes y gordas. “Fue una lluviesanga que duró varias horas. Había llovido todo lo que no llovió por meses”, contaba don Papi Köhler, aclarando que él no creía en esas cosas de viejas beatas. “No había duda, era un milagro”.

Mi prodigio personal pasó a los pocos meses de que nací. Tuve una enfermedad extraña:  tenía fiebre todo el tiempo y convulsionaba. Los médicos me desahuciaron. Mi abuela prometió rezar un rosario por cada día de vida que me diesen. La palabra rosario se repite 11.315 veces en mi vida, la cantidad de ocasiones en que mi abuela la ha pronunciado en cada rezo por cada día que he vivido. Para garantizar el milagro, me pusieron nombre de virgen: Soy Nathalie del Carmen.

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Mi madre aprendió a tejer a los 7 años. Para las mujeres de mi pueblo, la gracia de las señoritas no estaba completa sin tener habilidades manuales como la costura, el bordado y el tejido. Mi madre recuerda que, como Rebeca y Amaranta Buendía, se pasaba todas las tardes sentada en el patio bordando. Primero aprendió a tejer vestidos para sus muñecas. Luego tejió una infinidad de manteles y mantas. Tejió tanto que su padre dejó de llamarla “niña Karinita” y empezó a decirle “la arañita”.
Como Rebeca Buendía, la niña Karinita esperó que llegara el amor a las cuatro de la tarde. Mi padre llegó puntual. Se casaron cuando ella apenas tenía 16 años. Entonces mi madre decidió tejer la colcha que adornaría su lecho nupcial. “Cuando comenzamos, vivíamos en un cuarto alquilado y no teníamos muchos ingresos, la colcha era muy bonita y sabía que me darían buena plata por ella. La tuve que vender para ayudar en los gastos de la casa”, cuenta. La vendió con pesar y años más tarde, cuando ya habían construido la casa donde yo nací, quiso reponerla. La única forma de reemplazar su primera colcha nupcial era tejer el mejor cubrecama que jamás nadie hubiera tejido.

El cubrecama sería un cuadrado perfecto de dos metros y medio por lado. La dedicación que le puso fue semejante a la que Amaranta Buendía ocupó durante cuatro años para hacer su propia mortaja en la novela. Le entrarían 15 ovillos de hilo color melón y 64 aplicaciones hechas en forma de rombo. Mi madre tardó un año en bordarla. Mi madre es Macondo.

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Yo no. Yo nunca aprendí a tejer ni adquirí habilidades dignas de una señorita. Lo único que aprendí fue a escuchar historias. Enterarme de los relatos del pueblo fue mi pasatiempo infantil. Quién mató a quién, quién estafó a quién, quién tenía una amante o un hijo bastardo. Escuchaba los cuentos y los repetía con lujo de detalles. Mi madre protestaba cada que me encontraba husmeando en las charlas de adultos. Muchas veces la metí en problemas por repetir lo que no debía. Ese afán de contar historias me persigue hasta ahora. Imagino que es normal para los hijos de Macondo. Gabo también repitió miles de historias de su pueblo en sus libros. El aburrimiento pueblerino nos hace curiosos y chismosos. En el caso de Gabo, eso lo hizo uno de los mejores escritores del mundo. En el mío, al menos me hizo entender de dónde salieron las ganas de escribir, algo que nadie entiende de quien heredé.

 

 

Nathalie Iriarte, periodista boliviana con Diplomado en Defensa Internacional de Derechos Humanos (Universidad de Zaragoza). Fue finalista en el Premio Gabriel García Márquez 2015, Mención de honor en el Premio Carmen Goes 2014 (España), Primera Mención en el Premio de Crónica Boliviana 2014 y Mención de Honor Premio SIP 2015. Fue becaria del Gobierno de EEUU en un programa de periodismo de Investigación en 2014 y recientemente fue invitada a ser parte de CONNECTAS. Actualmente reside en Bolivia y da clases en la Maestría de Periodismo de la Universidad Evangélica Boliviana.

 

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