Memorias

«Mi rua en diez lecciones», por Gabriel Mamani Magne

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Vivo en la rua Santo Amaro, 162. El barrio se llama Glória. La ciudad, Río de Janeiro.

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Mi casa es grande, le caben quince personas. Veo a esta gente todos los días, conozco sus peores fachas, nos hemos sacado decenas de fotos, pero lo que mejor guardo de cada uno son sus sonidos. El de Pedro, por ejemplo, es el chirrido de una lata de cerveza abriéndose al mediodía. El de Lyang es el barullo que sus pies ocasionan cuando, como un niño, baja las gradas a toda velocidad. El de Kamyla es el silencio y el de Rafael son las pipocas que estallan en la marmita. Me pregunto con qué sonido le hago saber al mundo que sigo aquí.

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La rua vive al pie de una favela. Nada del otro mundo. Hasta podríamos llamarlo armonía. Ricos y pobres conviven en esta ciudad como si hubiesen firmado su propio Tratado de Tordesillas: el morro –la favela, la verticalidad– para unos; la planicie –y sus shoppings, y sus playas, y sus tarjetas de crédito– para otros. Es fácil sentirse superior cuando subes la calle y comparas el ladrillo feroz de la favela con el toque colonial de la casa en la que duermes. No es tan fácil –reparé en ello desde el primer día– cuando el cerro al que todos temen luce igual que Achachicala, barrio de tu niñez.

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La favela nos saluda de muchas formas. Una de ellas es a través del funk, esa música estridente y pegajosa que marca el ritmo de nuestro sueño al menos una vez por semana. Otros saludos, aunque aislados, son los disparos. Una noche, luego de la cena, escucho tres detonaciones provenientes del morro. “¿Tiroteo?”, le pregunto a Rose, la dueña de la casa. “Nada de eso”, responde seria, “son los traficantes avisando a la favela que ha llegado un nuevo lote de droga”.

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El aviso, sin embargo, también es una campanada para los clientes de nuestra calle. Gente de bien: gente que va a la iglesia y no escucha funk.

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Ocho meses viviendo en esta rua me han hecho memorizar algunas caras. Son rostros sin nombre, vecinos en el sentido más estricto, personajes secundarios, aunque a veces creo que pueden llegar a algo más. Es decir, que ellos también me miran y me piensan. Que estamos a nada, a lo mucho dos cervezas, de llegar a la amistad. Pero nunca sucede nada. Tan solo sonrisas, alguna leve inclinación de cabeza. Con eso me basta: de mi casa al metro hay ocho minutos de caminata, el tiempo suficiente para intercambiar media docena de gestos mudos y felices que rememoraré con nostalgia cuando retorne a la fría, impenetrable La Paz.

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En teoría, la rua cuenta con cinco bares. Solo en teoría, pues el carrito de churrascos sería incomprensible sin las bebidas, el restaurante que está al lado de mi casa vende más cerveza que feijão y la panadería de la esquina, que funciona las veinticuatro horas, de un tiempo a esta parte se ha convertido en la sede oficial de la previa y el after de los fiesteros del barrio. Eldorado etílico. Lo noto en las sonrisas, entalladas en el rostro de los cariocas, y en las barrigas de los cincuentones: peladas, lustrosas, como balones de rugbi, infladas deportivamente con lúpulo y cebada.

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Fútbol. Más de un botafoguense va a odiarme, más de un tricolor va a llamarme traidor y con certeza todos los vascaínos que conozco van a dejar de invitarme cervezas, pero debo decirlo: los colores de la rua –del barrio, de Río– son el rojo y el negro. Imposible negarlo. Entre tanta floresta y playa, entre tanta noche y cuerpos tórridos, en esta paleta de acuarelas hecha ciudad, hecha piel, los colores del Flamengo son la única constancia fija, la homogeneidad posible. Basta con un simple experimento para ratificarlo: ando por la calle un lunes cualquiera, un lunes sin fútbol, y cuento las camisetas rojinegras que se atraviesan en mi camino. Siete en total. Por supuesto: también me topo con algunas poleras del Vasco o del Fluminense, pero entre todas no llegan ni a cuatro. El flamenguismo iguala a pobres y ricos. El rojinegro une: en la eucaristía de los noventa minutos, el indigente de la esquina aspira al mismo cielo (la copa) que el señorito del coche último modelo.

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En la rua hay un mono: Xico, así lo han bautizado. Vive en los árboles de la calzada y más de un vecino afirma que es la mascota oficial de la calle. Discrepo. En la memoria zoológica de mis afectos, la fauna que más se ajusta a la rua –mejor que los papagayos y los micos y los urubúes– son las cucarachas. Las veo rondar a mitad de la calle: desorientadas, castañas, repulsivas, antenudas, siempre en soledad. Las veo esquivar miradas de asco, zapatos y tenis, chinelas y chinelazos, e imaginar a Gregorio Samsa se hace inevitable. Una madrugada, volviendo de una fiesta, veo a una de ellas emergiendo de una ranura del suelo. Inspiración maconheira, debe ser eso: en mi mente se escribe el borrador de una Metamorfosis a la inversa. ¿Qué día, en qué mañana gloriosa este bicho despertará hecho un hombre?

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Este martes, a esta hora, once y treinta de la noche, a la rua le sobra paz. Nada raro. La Santo Amaro sabe administrar su bulla: te empuja a la fiesta cuando te comportas como un nerd y te regala sosiego cuando tus libros están comenzando a ganar otra capa de polvo. 23:33. No hay autos. Poca gente, y lo único que oigo es el sonido de mis pasos y el rumor de las hojas mecidas por la brisa. Si pudiera guardar este silencio. Si pudiera recogerlo, archivarlo en el ropero y volverlo a usar en caso de urgencia o nostalgia. Porque la calma de Río es distinta a la de La Paz. Ambas laten como una bomba de tiempo, pero a una le falta lo que a la otra le sobra.

 

Gabriel Mamani Magne (La Paz, Bolivia). Estudió una maestría en Literatura Comparada en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Ha sido ganador, entre otros, del Concurso de Cuento “Adela Zamudio” (2012), del Premio Eduardo Abaroa (2016, categoría periodismo cultural) y del Premio Franz Tamayo (2018). Crónicas y artículos suyos aparecen en el periódico Página Siete.

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