Memorias

«Venezuela, el destino más chévere», por Cristina Gutiérrez Leal

Boa Vista

12:30 a. m.

Observé la ciudad poco antes de aterrizar. Boa Vista, ya en noche cerrada, solo ofrecía luces en completo desorden. Hacía cuatro horas un sol templado me mostraba la insólita genialidad con que Oscar Niemeyer había planificado Brasilia: parecía inhabitable. Bajé con los 23 kilos de vida permitidos, más cansada que ansiosa, preparada para buscar en el aeropuerto el espacio menos imposible donde pasar la noche.

Entre varias boa noichi y el acento extraño de los brasileños del norte, distinguí el coro de naguará, marico, güevón, verga, chamo. Mi lengua materna parecía decirme bienvenida en su versión más espontánea. Sentí un puyazo en el estómago y otro en la cabeza: muchísimos venezolanos que poblaban el aeropuerto internacional de Boa Vista (Roraima, Brasil) estaban ahí desde hace dos y hasta tres días, durmiendo en el piso o en los asientos tiesos de la feria de comida, esperando vuelos: Santiago, Buenos Aires, Río de Janeiro.

“Tren al sur”  retumbó en mis oídos como un soundtrack maldito.

01:00 a. m.

–¿Venezolana o brasileña? –preguntó el chamo con quien compartí mesa para tomarme la respectiva dosis de cafeína.

–Venezolana, ¿y tú?

–También –dijo con tono de resignación.

–¿Vas a Buenos Aires? –pregunté.

–No –estoy esperando una oferta a Santiago.

Mientras eso ocurría, estaba resignado a permanecer en el aeropuerto, pues comida tenía suficiente: tres paquetes de pan y un pote de salsa de tomate. Sorbí mi café.

–Hay muchos venezolanos, ¿no? –continué.

–Muchísimos, pero más hay en el terminal. Ya no cabe uno, además, están cobrando vacuna por el pedazo de piso que encuentres para dormir.

–¿Cómo así? ¿Quién cobra eso?

–Otros venezolanos –sentenció.

–Chimbísimo –gagueé.

Nos quedamos en silencio, un silencio largo y cortopunzante. Únanse al baile de los que sobran, nadie los quiso ayudar, taladraba la memoria.

Le di mi número y dirección en Brasil, y se despidió con un chao, que te vaya bien. Chao, pana, le dije. Hubiese querido abrazarlo. Era un chamo tan parsimonioso que probablemente fuese al menos hijo de andinos. Algo en él me hizo recordar los lomos de las montañas camino al pico El Águila, en Mérida. Será por lo triste.

03:00 a. m.

–¿Tienes cargador de IPhone? –preguntó un señor.

Tenía aproximadamente sesenta y cinco años, con un acento rarísimo, entre Don Francisco y Amador Bendallán.

–No, señor, lo siento– dije entre dormida y despierta.

Sus hijos, argumentó, debían estar preocupados por él. Acababa de dejar en Chile al menor y se devolvía a Venezuela para cerrar algunos negocios y vender unas propiedades antes de volver a su Chile natal, de donde había salido hacía veintisiete años.

–Una venezolana me enamoró y me quedé. Venezuela era uno de los mejores países para invertir, y yo traía unas buenas luquitas. No lo pensé, po, al tiro me casé.

Al tiro también recuperó su recién visitado acento chileno.

–¿Y cómo fue su encuentro con Santiago? –pregunté, para seguir la conversa y gastar el tiempo hasta que amaneciera.

Habló maravillas. Sus ojeras parecían desaparecer tras la emoción que dejaba ver al describir su reencuentro, después de tantos años, con los viñedos y las calles de Santiago, bares, primos, frío. Me enternecía.

–Ahí sí que se vive bien. Por eso saqué hasta el último de mis hijos. Mira: en Venezuela ya no hay futuro, no sé qué vas a hacer tú para allá, lo que pueden es matarte para robarte el teléfono que te habrás comprado en Brasil.

–Lo compré en Venezuela –dije.

–Bueno, lo cierto es que allá adentro la vida no vale nada. En cualquier momento algún malandro puede matarte.

–Lo sé. Menos mal que ya tiene a sus hijos fuera, imagino que podrá dormir mejor de ahora en adelante.

Suspiró y se le aguaron los ojos.

–Además ellos son chilenos, ¿cachai? Chilenitos puros. Les irá bien, podrán comprarse sus cositas. Más ahora que seguro gana Piñera. Ese país va de mejor en mejor –dijo emocionado.

Nunca nada había sido tan efectivo para despertarme como aquella frase.

–¿Piñera? ¿No es él lo más parecido a Pinochet? –espeté, con el mayor respeto que pude.

–¡Él es Pinochet! –dijo con la misma emoción de hace algunos minutos.

–¿Está contento con la posibilidad de que gane alguien parecido a Pinochet, sabiendo que, bueno, promueve un discurso violento y nazista incluso contra los venezolanos migrantes?

–Tú debes ser universitaria, así es mi hijo, con ese cuento del rechazo a Pinochet. Él hizo bien, a todas esas lacras había que matarlos, sino… Chile no fuese lo que es hoy. Y su rechazo a los venezolanos no va a afectar a mis hijos porque son chilenos. Además, si mata malandros venezolanos, está en su derecho, a esa gente hay que matarla, su vida no vale nada. Ojalá Venezuela tuviese un Pinochet que pusiera en fila a todos los chavistas y los fusilara.

–No estoy de acuerdo. Me parece un discurso peligroso– alcancé a decir.

–¿Ah, es que tú eres madurista? –preguntó, y supe que la conversación no debía continuar.

–No– contesté.

Otro silencio, esta vez con ceños fruncidos.

5:45 a. m.  8:00 a. m.

La vía Boa Vista-Pacaraima pasó ante mis ojos con un empeño invasivo. Los párpados se cerraban solos mientras escuchaba a un peruano radicado en Venezuela repetir incansable: en Perú no es así.

Santa Elena de Uairén

08:30 a. m.

–Si es en efectivo te lo cambio a seis mil bolos, si es por transferencia a once mil –dijo uno de los muchos cambistas “alternativos” en la frontera Brasil-Venezuela.

–¿Así de difícil está el efectivo? – pregunté.

–¿Hace cuánto no venías? –dijo con una sonrisita entre angustiada y cínica.

10:30 a. m.

Ya en el terminal fui al encuentro sagrado con una malta fría. Inmediatamente después compré un pasaje para salir a las 5:00 p. m. a Puerto Ordaz. Pasé mis horas entre dormir en una esquina y hablar con dos compatriotas: una venía de Manaus a visitar a su familia y el otro venía de Boa Vista luego de despedir a su esposa, que tomó un vuelo a Argentina. Este último había sido miembro de mesa de las elecciones regionales. La pregunta por el fraude en las elecciones no podía faltar.

–Si hacen una trampa, la hacen después de que todos los miembros de mesa certificamos, porque los números de la máquina son los mismos de las actas. Ellos tienen cómo defender eso con las actas en mano, como Andrés Velázquez –dijo, y remató: –Ya no sé qué pensar, chama. Yo soy cien por ciento oposición, pero estoy harto. Estaba negado a irme del país, pero ya estoy al borde.

Le invité un trago de malta y balbuceé unas palabras de ánimo.

Llegó el bus y, mientras todos montábamos nuestras maletas, pude ver que lo que más pesaba eran los sacos y sacos de comida que la gente había comprado en la frontera. Algunos viajaban desde el interior del país para conseguir arroz, pasta, harina de trigo. Unos para abastecimiento del hogar, otros para revender.

El aire acondicionado que me habían prometido cuando compré el boleto no existía. Protesté.

–Está en los cauchos, aire tienen los cauchos –me dijo, burlón, el chofer.

Sentí la segunda brisa amarga de la viveza criolla. Le escupí un coñoelamadre. Trece horas después  (horas de Romero Santos, reggaetón y Marco Antonio Solís) lo repetía cuando, en vez de dejarme en el terminal de Puerto Ordaz, donde no quisieron entrar, pretendían hacer que me bajara a las 4:30 a. m. en medio de una carretera entre San Félix y ciudad Bolívar.

–Ahí queda cerca un puesto de la guardia nacional. Ellos te protegen –dijeron, no sé si para aliviarme o asustarme.

El grifo de imágenes de guardias nacionales matando jóvenes durante las protestas venezolanas de 2017 se abrió en mi cabeza. También aquella noticia en 2013 de madres e hijas asesinadas por equivocación durante un operativo de la GNB en Coro, mi ciudad. Además, el recuerdo de un amigo también asesinado en 2009 por uniformados que no supieron identificar la placa de un carro y abrieron fuego.

–No, gracias, voy hasta Ciudad Bolívar –dije.

Ciudad Bolívar

05:00 a. m.

–¡Valencia, Valencia, 5: 30 de la mañana, saliendo! –gritaba un pregonero en el terminal de Ciudad Bolívar.

Compré ese pasaje, calculando estar en Valencia al final de la tarde. El bus salió a las 8:30 a. m.

–Me vendieron un pasaje para salir a las 5:30 a. m. y estamos saliendo tres horas después. ¡Qué vaina es esta! –refunfuñé.

–Chama, en todos los terminales del país es así, nunca es verdad y lo saben. No sé cuál es la reclamadera… ¿O es que acabas de llegar al país? –dijo el pregonero, desconcertado.

Miré a mi alrededor con mi cara de recién llegada intacta y todos los gestos en el autobús, al unísono, lo confirmaban: esto es lo que hay. El viaje empezaba a tener otro soundtrack.

–Mija, no reclames mucho que después la agarran contigo y te pichan pa’ que los guardias te decomisen la comida que llevas. Quédate quieta mejor y ayúdame a mover este saco de azúcar ajeno para no romper ningún kilo –me dijo la señora con quien compartiría las siguientes 20 horas de vallenato y reggaetón a todo volumen y un par de conversaciones importantes.

Le agradecí y le invité una malta como quien dice “un trago por eso” o echa agua bendita en algún lugar profano.

La señora tenía más de cincuenta años, aunque se esforzaba por aparentar menos (y lo lograba). Su aspecto intacto, frescura y maquillaje perfecto, en comparación con todos los demás pasajeros, me hizo saber que no venía de la frontera. Tenía algo parecido a la calma y no el hartazgo que gritaban nuestras posturas en los asientos invadidos por los sacos de comida: bocas abiertas por el sueño profundo, cabezas recostadas de hombros desconocidos, ojos vidriosos, brazos caídos. Ella no hablaba mucho conmigo, pero sí por teléfono, agachada para que no se lo vieran. Parecía siempre estar hablando en clave: papeles, firmas, copias de cédulas, listas, formatos.

11:00 a. m.

–¿Me puede regalar un mensaje? –pregunté.

–Bueno, pero tengo que escribirlo aquí con el celular dentro de la cartera, ahorita está muy peligroso –respondió amablemente.

–Está bien.

Mami, voy en camino a Valencia, todo bien. Con suerte llego a Coro en la madrugada. Cristina.

01:30 p. m.:

–Mira, tu mamá te respondió –avisó.

Está bien, hija, si es muy tarde quédate a dormir en Valencia, llegar a casa en la madrugada no es seguro.

–¿Y de dónde vienes? ¿De Boa Vista? ¿Estás trabajando allá? –me preguntó, cinco horas de carretera después en una de las innumerables paradas que los guardias hacían para registrar maleta por maleta.

–Vengo desde Boa Vista en bus, pero estudio en Río de Janeiro.

–¿En serio? Chama, vienes desde muy lejos, ¿y cómo haces para mantenerte allá? Debe ser muy caro.

–Lo es, pero tengo una beca y me organizo para que alcance hasta para mandar plata a casa.

 –Ah, pero estás bien. Así sí hay que irse, no a pasar trabajo por ahí en vez de estar con la familia.

–Pero…

Iba a refutar y me cortó su nombre gritado por los guardias, había llegado su turno para pasar a la revisión de la maleta.

2:30 p. m.

En algún lugar entre Bolívar y Valencia apareció el mar. Era de un azul insólito. Sentí que toda esa calma que proporcionaban sus olas tímidas era un regalo, una forma de resarcirme por tanta carretera ingrata. No sabía por qué me impresionaba tanto, si de hecho sigo viviendo en una ciudad con mar. Pero volver a ver tanta agua junta, tan azul y tan lejos de edificios, hoteles y turistas me llenó la vista de un paisaje que tenía adormecido en la memoria, invadida ahora por las escandalosas playas cariocas.

–Es hermosa, ¿verdad? –me dijo Blanca, la señora. Siguió: No sé cómo hay gente que se va del país teniendo esto aquí.

–“La patria es el hombre” –le dije.

–Ah, te sabes las canciones de Aly Primera, qué bueno.

–Soy falconiana, claro que las sé.

–Es que aquí tenemos de todo, buen clima, cantantes, naturaleza… –prosiguió.

–De todo, incluyendo escasez de todo.

–Sí, hija, pero eso es momentáneo.

 Era realmente dulce, Blanca.

–¿Usted tiene esperanza? –pregunté.

–Claro, imposible vivir aquí sin esperanza. Solo teniendo esperanza podemos resistir.

Y atendió el teléfono: esta vez habló mucho más encorvada en el asiento.

–Tengo que atender así bajito porque estoy cerrando las cuentas con el consejo comunal, yo soy la que reparto las cajas del CLAP* por la casa y vengo de la toma de posesión del gobernador de Bolívar. Te lo digo a ti porque si te sabes las canciones de Aly, seguro eres una buena muchacha, pero si en este bus hay algún opositor radical, chama, eso da miedo. Porque hasta queman gente. Yo vivo asustada. El chamo que quemaron durante las manifestaciones vivía cerca de mi casa, era un muchacho bueno, de esos que hacemos el trabajo de base, porque los que están en el poder esos son solo los que se agarran la plata, pero nosotros por mantener esta revolución le estamos echando pichón. Los políticos de arriba, esos son unos hipócritas, viven como burgueses y tanto que los criticaron. Alguien tiene que hacer las cosas bien. Bueno, si nos dejan… porque, como te digo, la gente está llena de mucho odio.

–Sí, vi las noticias, lamentable que lleguemos a eso. Quemarnos entre nosotros mismos y ver cómo matan chamos en las protestas. Este país es un dolor sostenidodije.

–Ve, hija, yo te voy a decir algo: en las marchas había gente decente, yo los conozco, opositores que lo que quieren es un mejor país, y tienen razón. Pero también había unos muchachitos que les pagaban por cargar morteros y armas, y causar terror. Yo te lo digo porque lo sé de primera mano.

–Seguro, en las manifestaciones políticas hay de todo. Pero el foco debería ser esa gente decente que usted misma reconoce, ¿no?

–¿Tú crees que Pinochet o Videla se hubiesen calado esto? –señaló–. Más bien han salido ilesos; si esto fuese una dictadura como dicen no habría quedado nadie. Si los guardias matan terroristas, están haciendo su trabajo, a esa gente hay que matarla, su vida no vale nada.

–No estoy de acuerdo, me parece un discurso peligroso –alcancé a decir.

–¿Ah es que tú estás con la MUD**? –preguntó con tono rabioso.

–No –respondí. Y el coro de ceños fruncidos reapareció.

07:30 p. m.  

–Yo ya me voy a bajar, pero te recomiendo este hotel en Valencia. No es tan caro. Aquí está el número de un amigo taxista, no te montes con cualquiera, está muy peligroso. Y bueno, disculpa lo que dije, realmente no debo pensar así, pero es que da arrechera. Tú eres una muchacha buena, no te dejes contaminar por el odio, pero cuando tengas mi edad, ya verás que el idealismo no dura para siempre –dijo Blanca.

–Imagine la arrechera de las madres de esos chamos. Y gracias por la recomendación. De verdad gracias.

Valencia

11:00 p. m.

–Son 20 mil –dijo el taxista, después de recorrer solo tres cuadras hasta un motel que queda detrás del Big Low, terminal de Valencia. En el hotel que Blanca me recomendó no había habitaciones disponibles. El sitio tenía una estructura arabesca y acceso hasta la puerta de las habitaciones, sin necesidad de contacto visual con el recepcionista. Supe que era un tiradero.

–Si quieres te busco mañana, la cosa está fea, chama. No te montes con cualquiera –advirtió el chofer.

 –Está bien, deme su número, y gracias.

Ya en la cama encendí el televisor, solo tenían los canales del Estado. Apareció Diosdado Cabello, uno de los principales actores del oficialismo en Venezuela, en su programa Con el mazo dando: Colombia, Brasil, Argentina están peor que Venezuela. Esos países que tanto nos critican no han alcanzado ni la mitad de nuestras políticas sociales. ¡Somos el faro de luz de la izquierda en el mundo!

Apagué el televisor.

09:30 a. m.

Coro, Coro, saliendo.

10:30 a. m. 

Sentada en un quiosco de empanadas, con mi batería humana al 100% luego de una noche restauradora, me dispuse a sacarle conversación a la muchacha con quien compartía mesa.

–Vengo de Cúcuta, maginate, más de 20 horas de camino –me dijo, exhibiendo su osadía.

Yo exhibí la mía.

–Yo, de Brasil.

–Al diantre, muchísimas horas –respondió sorprendida. Su acento coriano era inocultable –Pero a voj no te pasó como a mí –continuó–. Cuando hicimos la parada en noseadonde y estábamos todos en la cola del baño o tomando café, el chofer del bus de San Cristóbal a Valencia arrancó con todas nuestras maletas. A mí solo me quedó la cartera, menos mal que traía escondidos los dólares que voy a vender pa’ comprarles los estrenos a mis hijos.

Me dio miedo preguntar si recuperaron sus cosas. Le invité una malta como quien invita un trago de cocuy o echa agua bendita en algún lugar profano.

11:00 a. m.

San Juan de los Cayos, otra vez el mar.

 

Cristina Gutiérrez Leal nació en Coro, Venezuela, en 1988. Ha publicado el poemario Estatua de Sal, que obtuvo el Premio XX Bienal de Literatura José Antonio Ramos Sucre (2015). Con su poema “Sé del mar reventando contra un muro”, ganó el II Concurso Nacional de Poesía Rafael Cárdenas (2017). En la actualidad realiza estudios doctorales en la Universidad Federal de Río de Janeiro.

 

*CLAP: Comités Locales de Abastecimiento y Producción. A través del CLAP, las casas de todas las familias venezolanas deberían recibir cajas con alimentos básicos cada quince días.
**MUD: Mesa de la Unidad Democrática. Mayor partido de oposición en Venezuela, donde se aglutinan otros partidos importantes como Primero Justicia, Voluntad Popular y Acción Democrática.

5 comentarios en “«Venezuela, el destino más chévere», por Cristina Gutiérrez Leal”

  1. Cristina, felicitaciones por tan excelente resenha de tu viaje por nuestra querida Venezuela. Me quedo admirada por tu capacidad de escribir, fui vivenciando mentalmente todo el recorrido que hiciste, me senti triste em alguns trechos donde reflejas muy bien la actual actitud del venezolano: una mezcla de cinismo, de humor, viveza criollos, con la Esperanza que se niega motor. Por cierto, estoy esperando sua visita por aqui por Rio, para recibirla com mucho carinho, e para saber de primera mano las peripecias que vivencio em nuestra patria amada.

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  2. Ese motel en Valencia es el Aladín. 🙂

    No comentaré nada sobre el fondo de tu texto porque es llover sobre mojado, pero quedándome con la forma, puedo decirte que pude recrear tu voz y dejarme pasear un rato por ella. Rescataría una reguera de metáforas que de un modo u otro me fascinaron y que me trasladaron a antiguas conversaciones, pero no quiero parecer cool, solo quiero decirte que siempre será un placer leerte.

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  3. Hola mi siempre recordada Cristina… Me fascinó tu relato, al punto de quedar picada jajaja. Sobre la situación del país, cualquier comentario es llover sobre mojado. Un gran Abrazo para ti!!

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