Memorias

«El soroche es un estado de ánimo», por Luisgé Martín

Hay una imagen icónica de nuestro tiempo, del tiempo del cine, que nos inspira tristeza y júbilo casi sin diferenciación: el skyline de Manhattan, sobre todo si es nocturno, visto desde el otro lado del río Hudson. ¿Por qué? ¿Por el glamour que siempre tiene Nueva York? A mi juicio, no solo por eso: porque en un solo golpe de vista, en una de esas miradas que lo abarcan todo, somos capaces de imaginar mil vidas, de adivinar —de inventar— lo que ocurre tras esas ventanas iluminadas o abiertas frente a nosotros. Eso mismo pasa en La Paz desde cada ángulo: vemos la ciudad abierta, desnuda, brutal. Su cara entera. Estamos acostumbrados a ciudades horizontales, acostadas, y La Paz se nos presenta como una ciudad alzada y en cierto modo orgullosa. A cualquier viajero le sobrecoge la primera mirada, desde El Alto, y le inquieta (o le apasiona) descubrir las infinitas perspectivas que se estiran desde las calles hacia arriba o hacia abajo. Y a cualquier viajero le viene a la cabeza una pregunta inevitable: ¿cómo se funda una ciudad, quién pone la primera piedra, quién es el loco que se esconde entre montañas?

El ruido de las bocinas es el ruido del callejeo en La Paz. Las furgonetas que van recogiendo pasajeros, amontonándose en las calles, persiguiéndose unas a otras y voceando los destinos es un laberinto que un extraño no acaba de entender del todo, pero que le da a la ciudad, salvo para aquellos que sean impacientes, una vivacidad distinta. Me gustan las ciudades caóticas y despintadas, las ciudades cuyo orden es laberíntico y no está al alcance de cualquiera. Me he detenido en la avenida Camacho durante mucho rato solo para poder disfrutar del bullicio incontinente, del urbano de La Paz.

Como buen europeo aprensivo, de estómago delicado, me he cuidado de comer irresponsablemente para no sufrir un contratiempo gástrico en mi viaje, pero en el mercado Lanza, lleno de pequeños puestos de comida, he salivado con el gusto más espontáneo. Me deslumbran esos pequeños rincones sin disfraces, llenos de lugareños que comen sopas extravagantes o guisos coloridos. Y me quedo serpenteando en los pasadizos, recibiendo las invitaciones de las doñas a sentarme y compartir los bancos estrechos de madera en los que están los comensales.

He cruzado la ciudad en teleférico —en la línea amarilla hasta Ciudad Satélite y en la verde hasta la zona Sur— y he comprobado una vez más, de una manera sencilla, que las distancias del mundo en el que vivimos, infinitas, ofensivas para cualquier corazón piadoso, se pueden recorrer en apenas dos o tres horas por solo unos pocos bolivianos. El norte y el sur, la luz y la penumbra. Confieso que me habría quedado un día entero subido al teleférico, mirando desde esa altura señorial los trazos de La Paz. Arriba hay silencio, desaparece el bullicio de las bocinas y del tráfico callejero. La compasión y la melancolía se transforman en miradas suaves, adormecidas. En un estado de ánimo.

La Paz, como todas las ciudades impactantes, es un estado de ánimo, un sentimiento que se va colando en los huesos del viajero. Yo, en los pocos días que permanezco aquí, veo cómo poco a poco va habiendo una serenidad paceña dentro de mí. Recorro varias veces los alrededores de las plazas Murillo, San Pedro y Abaroa. Subo cuestas con esfuerzo sobrehumano, repitiéndome a mí mismo que el soroche (malestar que se siente a grandes alturas) es también un estado de ánimo y que puedo vencerlo con la voluntad.

Una de las noches ceno en la planta 15 del hotel Radisson y permanezco durante mucho tiempo embobado mirando el mar de luces que tengo al frente. Como ante el skyline de Manhattan, pienso en las vidas que hay detrás de esa imagen. En las ventanas abiertas a través de las que estoy mirando. En los enmarañamientos de las ciudades.

¿Cómo es posible fundar una ciudad en un lugar tan difícilmente hermoso? ¿Cómo es posible vivir aquí, escondido? Miro a los ojos de algunos peatones para tratar de encontrar la respuesta, pero la expresión de los paceños es impenetrable. Extraña. Como la del Illlimani.

 

Luisgé Martín (Madrid, 1962) es un escritor español, ganador del Premio Ramón Gómez de la Serna (2000), del Premio del Tren “Antonio Machado” de Cuento (2009) y del Premio Vargas Llosa NH de relatos (2012). Es autor, entre otras obras, de Donde el silencio (2013, VIII Premio Llanes de Viajes), Todos los crímenes se comenten por amor (2013) y La vida equivocada (2015).

 

 

 

1 comentario en “«El soroche es un estado de ánimo», por Luisgé Martín”

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