Ficciones

«ZULEIMA@GUANIPA.COM», por José Barroso

Querida Zuleima, esta mañana leí tu email y no te imaginas la alegría que desde entonces he sentido. No puedo creer todo lo que me cuentas. Me muero de la cochina envidia al saber que has estado a un metro de distancia de Ricky Martin y Penélope Cruz en ese bar tan es-pec-ta-cu-lar que me describiste. No. Es que me lo imagino todo: ese montón de gente bella en un solo sitio, ese olor a 212, ese frufrú de las telas salidas de los talleres de Versace, ese verdor tan refrescante de los dólares, esa anorexia tan de mujer primermundista…Aaaaahhh…Eres una TRIUN-FA-DO-RA, Zule, te estás devorando a Miami. ¿Sabes? Esta mañana recordé cuando nos conocimos en la City Show, aquella discoteca horribilísima que había en Coro en los tempranos noventa. ¿Te acuerdas? Estábamos bailando changa; tú, con aquel waperó que, según decían, pertenecía a una secta satánica; y yo, con Lorianny, la que trabajaba como secretaria en la gobernación y nos sacaba las fotocopias gratis… Bueno, resulta que estábamos de lo más animados y yo, sin querer, zas…te magullé los dedos de un pie con mis botas militares que complementaban mi indumentaria posmo, porque así era como nos decían, Zule, los posmos. Tú me miraste con aquella expresión de adeco enratonado, pero al reparar en mi débil aspecto me sonreíste y continuaste como si nada. Cuando comenzó el merengue de Roberto Antonio -¿o era de Natusha?- dejamos de bailar y nos fuimos a la barra. Allí nos presentamos y hablamos y hablamos hasta que nos fuimos con Lorianny a una fiesta que tenían los copeyanos. Eran los tiempos del gobernador Cermeño, gran amigo de tu familia. No puedo olvidar todos los momentos que vivimos juntos, como aquellas tardes que pasábamos viendo los videos de Bon Jovi y Kurt Cobain, gracias a la parabólica que ustedes podían tener, pues los ingresos de un padre contratista se los permitía. Como cambian las cosas, Zule, fíjate que en estos días vi a tu papá manejando un taxi y me dio una cosita. Y a Lorianny la vi vestidita de rojo… Ah, por supuesto, tampoco puedo olvidar cuando íbamos al cine Miranda a ver las películas de Almodóvar y de Gérard Depardieu. Cuánto nos divertíamos en aquel Coro. Debes tener todavía fresco nuestro itinerario. Primero íbamos al cine Miranda, luego a Brudrimar, el café donde se reunían los poetas, los pintores, los waperós, los cuentacuentos y toda la gente cool (no recuerdo muy bien, pero creo que para ese entonces ya no nos llamaban posmos sino grunges y la palabra cool era nuestro grito de guerra); si en el Museo de Arte había la inauguración de alguna exposición nos deteníamos ahí un buen rato y después ¡a los bares! La Tasquita fue la sensación durante un tiempo, la visitaban gays, chulos y heterosexuales “curiosos”. Posteriormente vendrían La Castellana, La Hostería Colonial y… ¡el toque de queda!… iiiiiihhh… Aquello destruyó nuestro mundo. No sé cuánto tiempo estuvimos encerrados viendo la telenovela “Por estas Calles”… A Dios gracias un buen día restituyeron las garantías y corrimos al Triángulo de las Bermudas, aquella calle donde estaban ubicados tres antros olorosos a Lavansán y repletos de putas enfundadas en pantalones de lycra blanca. Eran putas viejas, desvencijadas, que han debido ser declaradas también, un año más tarde, patrimonios de la humanidad… Dejamos de vernos por un tiempo, Zule.  Te habías ido a Caracas y ni siquiera me llamabas. Aquí decían que te habían visto de gogodancer en un bar por los lados de La Candelaria, tú sabes que la gente inventa mucho. Yo no creí eso, así como tampoco creí que andabas vendiendo ¿inciensos? por Sabana Grande. Yo siempre te defendía de las injurias; yo, que te conocía más que nadie; yo, que compartí tu alegría cuando te compraste tu celular grandotote y cuando derribaron la parabólica del solar de tu casa e instalaron el cable; yo, tu amigo, el que tanto se alegró al verte nuevamente aquella noche en Indian, el bar con cuya mención se estremecía hasta la mismísima estatua del Indio Manaure. Tienes que hacer memoria y recordar aquella noche que fue una verdadera locura: a la gente le dio por desnudarse al ritmo de… no sé si de La Macarena, lo cierto es que todos estaban como poseídos, casi hacían el amor en la pista y sobre la barra, al mejor estilo dionisíaco. Nosotros miramos aquello desde un oscuro rincón y tú bautizaste el acontecimiento como “la noche de la liberación caquetía”. Al día siguiente regresamos para repetir la experiencia, pero el sitio estaba clausurado. Es extraño, Zule, ¿has de creer que nadie recuerda aquella noche? Al parecer nadie estuvo allí. ¿Sería que alucinamos? Ay, amiga, no sabes la tristeza que sentí cuando me dijiste que te ibas a Miami. Fue en el Pub 1527, en aquella fiesta de los ingleses que vinieron a ver el eclipse. Yo estaba campaneando mi ginebra, feliz, como solo podía estarlo en “Milquinientos”, bailando música electrónica y bien fashion –porque ya no éramos ni posmos ni grunges, sino fashion-, y llegaste tú con tu pantalón naranja, tu blusa verde manzana y tu pelo azul caribe; y me dijiste: “Me voy de este tercermundismo”. Y te fuiste, con tu título de ingeniero agrónomo bajo el brazo, a conquistar el mundo como Pinky y Cerebro… Bueno, Zuleima, estoy escribiéndote desde un centro de comunicaciones y este email me está saliendo carísimo, mejor lo dejamos hasta aquí por hoy. Te deseo toda la suerte. Espero que cuando vuelvas a estar cerca de Ricky Martin y Penélope Cruz sea sentada junto a ellos y no sirviéndoles un trago como ese día. Tu amigo que te quiere y te recuerda: Jeferson Colina.

P.D: Ay, Zule, se me olvidaba contarte: ¿Has de creer que en estos días unos desgraciados imberbes me llamaron “noventoso”?

                                                                                                                                            Julio de 2002

 

 

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José Barroso (Mirimire, estado Falcón, Venezuela, 1968). Escritor y artista visual. Profesor de Literatura. Ha publicado los libros de poesía: A ras del suelo (1994), De aguas (2002), Pantera de Java (2004) y Diario de los Santos (2013). También ha publicado: el libro de narraciones Crónicas de Narragonia (2015), la novela Hola, Loco Lindo (2017), el libro de ensayos Poetas que viajan en la voz de un animal (2015), y la obra de teatro Mangos (2017).

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