Memorias

«Las llamas no son de nadie», por Jesús Amalio Lugo

 

Nadie se pone a escuchar, entre el rugir mugriento del Mapocho y los gritos ambulantes, el pobre gemido resignado de una llama. Su lamento se va perdido entre pose y foto, y ni un poquito de pampa o aire sin smog.

El animal blanco polvoriento, de ojos brunos y cuello ajirafado, tiene una cuerda que le recuerda el mecateo afincado de la humanidad. Es una posesión más: desde los pelos de sus orejas hasta la más ínfima miseria de sus pezuñas, es un objeto.

Entonces, saco mi celular, apunto y me disculpo con flasheo rápido.

–¿Qué weá? –interrumpe el hombre de cara venosa, y hamaquea el cuello del animal. –Son 2000 pesos la foto– me dice señalando su cámara.

–No se preocupe, la tomo con mi celular.

–1500 pesos, con su celular –repite y se cruza frente a la llama con censura.

–¡Pero, pana, las llamas son de todos!

Hay un brillo celoso en sus ojos, una comprensión hostil lo invade. Adivina mi acento y empuja cualquier posible argumento de patadas a la frontera.

–¡No, las llamas son chilenas! –afirma con la aceptación patriota de los vendedores que lo rodean, que asienten con maldad.

Tal vez, de ser otras sus palabras, de haber dicho: “esta llama no es de todos, es mía, le parto el pan y nos acurrucamos juntos frente a estufas en invierno”, hubiese aceptado su pacto esclavista con la resignación de los entrometidos puestos en su sitio. Pero hay un hecho, nada aislado, que ha perseguido mi exilio como una insalvable mancha de mango: esas ganas de los otros de dejar en claro que no formo parte de su equipo, que carezco de complicidades propias de su raza, movió la osadía en mí. Me llené de esa valentía que impulsa a las minorías a sobrerrepresentarse en las penas de los otros, acogerlas y usarlas para el propio beneficio. Entonces supe que no era el único migrante, pues la llama pasó a ser mi compatriota peruana, cedida como botín en la Guerra del Pacífico. Y aunque miraba a otro lado completamente desentendida del asunto, aunque mascaba distraída el regurgitar gástrico de su destino, yo sabía que secretamente me pedía, a mí, heredero de ínfulas libertadoras, que arrebatara de un manotazo la cadena y le brindara la añorada libertad de correr y comer, y no volver a mirar pa’trás más nunca. Pero como suele suceder: es mejor cuando se piensa, porque todos pasan a ser actores complacientes de tus trances. Y entonces mi discriminada locura voló la cadena y corrió.

–¡Qué onda, aweonao! –me gritó el perruno esclavista.

Yo corrí mirando atrás para guardar en el triunfo de los recuerdos a esa llama partiendo a la libertad de los campos. Pero solo vi a un animal confundido mirándome desde el centro de la Plaza encementada de Bella Vista, no dando crédito a mis ocurrencias, dejándose domar una vez más sin oponerse ni moverse ni escupir, ni nada.

–¡Las llamas no son de nadie! –me fui gritando calle abajo corriendo por el Pio Nono, mientras comprendía que, aunque estuviera presa, disminuida y maltratada, la llama no tenía otro lugar adonde ir.  Estaba capturada, y no por la cadena sino por la distancia y el caos del mundo. Por la certeza de saber, como yo, que ya no le quedaban tierras prometidas, que este pedazo de cemento desconsiderado era el único lugar mejor.

 

Jesús Amalio Lugo (Coro, Venezuela, 1992). Le gusta el sushi y las empanadas de papa con queso. Actualmente vive en Valdivia, Chile, donde probablemente está lloviendo.

 

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