Ficciones

«Lugares comunes», por Gabriel Payares

 

para Cristina (la otra, la misma)

Con mi hambre de lobo
amaino
mi cuerpo de oveja

Giuseppe Ungaretti

 

Me gusta mirar a través de la cámara, incluso si no hay nada que fotografiar. Las cosas no siempre son tan interesantes como una quisiera. Ese es mi escondite, el sitio en donde a todos los miro y nadie me ve. Un lugar común, lo admito, esto de la fotógrafa voyeur. Solía pensar que vine a este mundo a servir de testigo y no a un papel principal; no sé si ahora opine lo mismo. Creía que si algo le sobra a la vida es justamente eso, protagonistas, gente que mira de frente a los demás y estira la mano hacia lo que quiere. El resto, en cambio, abordamos las cosas de lado, por la tangente, con la cara tapada como los ladrones, camuflados. Será por eso que me gusta el carnaval: enturbia, confunde, junta y separa a su antojo, como esta comparsa que avanza en mi dirección sincronizada consigo misma: las trompetas estallan, empujando a la multitud hacia adelante, y las botellas de aguardiente se empinan de boca en boca como queriendo imitarlas. En medio de la algarabía, seis o siete diablos danzarines, bajitos y afiebrados, raptando a las turistas para ponerlas a bailar. Me gustan esos diablitos, parecidos, aunque distintos, a los de Yare, en Venezuela. Me gusta que una pueda pasarse horas sudando entre sus brazos y jamás sospechar lo que se esconde bajo la máscara, los espejitos cosidos al vestido de colores o la voz de comiquita con que responden. Al principio me intimidaban, me hacían dudar como a los perros chiquitos. Pero entonces levanto la cámara y santo remedio, les hago frente con complicidad, sabiéndome parte de ellos, como si fuera invisible: los observo por la mirilla y presiono el disparador una vez, dos veces, muchas veces.

A la fotografía llegué cuando supe que nunca podría escribir. Lo intenté, pero me hizo falta paciencia. Lo mismo pasó con dibujar o tocar instrumentos. Creo que tenía muchas ganas de mundo, mucha premura para el lienzo o el papel, demasiada inquietud para estudiar cinco años lo mismo o trabajar rato largo en el mismo sitio. Ni hablar de dormir con una sola persona. Puede que fuera simplemente inmadurez. Al Sur llegué de un modo parecido, después de entender que no eran amores lo que buscaba acumular sino fronteras, kilómetros, sellitos de caucho en el pasaporte. Otro lugar común, tal vez, la fotógrafa viajera. Qué le vamos a hacer. Hace rato renuncié a ser una persona original, sale caro y se sufre mucho en el intento.

La idea al principio fue probar suerte en Buenos Aires, a donde se habían marchado montones de mis amigos: profesionales que huyeron a tiempo y ofrecían sus casas a cambio de un paquete de café o de harina PAN. Emparejados, atormentados por la soledad o por un rabioso complejo de minusvalía, los visité uno por uno, me acosté con algunos y no tardé en hartarme de aquello también. No soporté la Caracas de mentira que quisieron hacer en Palermo, buscando refugio de la soberbia infantil del porteño. Ni estuve a gusto hablando todo el tiempo de Venezuela en las reuniones, ni mucho menos fingiendo el acento local para amoldarme. De algún modo supe que tarde o temprano me tocaría partir y es verdad que a mí nunca me fue difícil despedirme. Tampoco había tanto que extrañar de aquella ciudad desinteresada por el resto del mundo. Un día vendí mis cosas, me compré una mochila, una carpa y empecé mi regreso por tierra, decidida a mirar cara a cara al continente por un rato. Después entendí que no era la única con aquella ambición: mi viaje era un lugar común entre los hippies sureños de la clase media. Tiene sentido.

Fue así como conocí a Ximena y a Martín, una pareja alegre de viajeros. Él porteño, ella rosarina, como una canción de no sé qué grupo de rock, vegetarianos a ratos y por conveniencia, militantes del ecologismo, de la causa indigenista y de «lo latinoamericano», aunque no supieran muy bien qué cosa es. Sumaban la cuota exacta de ingenuidad y pretensiones para resultar amables, casi tiernos, a la par que arrogantes, también guapísimos, con la elegancia un poco fría de los europeos o de quienes se sienten de por allá. Nada que ver con la vulgaridad del Caribe. En pocos días con ellos aprendí sobre las semillas Monsanto, los horrores de la Pepsico y todas esas barbaridades que una preferiría ignorar para poder hacer mercado tranquila. No se mostraron curiosos respecto a Venezuela (creían que Chávez gobernaba todavía) y en verdad eso era perfecto para mí. Nos conocimos cuando volvían de la Patagonia, a la mitad de su viaje a La Quiaca, cada uno con una mochila enorme de la que colgaban sartenes, zapatos y el grueso cilindro de una carpa matrimonial. Coincidimos en un camping y me sorprendió que no llevaran cámara, ni una libreta siquiera para registrar el paisaje que habían vivido. Peor aún, si se les preguntaba, lo describían con poquísimas palabras, casi siempre resumidas en un «increíble» y una risa un poco atolondrada. Nos caímos tan bien que a la mañana siguiente me ofrecí, un poco en broma, a ser su fotógrafa personal. Tampoco era mala la idea, considerando lo interesantes que eran: se habían librado del aire común de esas parejas que llevan juntos demasiado tiempo y que termina por arrebatarles la hermosura del contraste. Se tomaron mi oferta a modo de chiste y la celebraron haciendo poses «artísticas» a cada minuto: un gesto con la cámara bastaba para que entraran en personaje y mi foto original se perdiera para siempre. Yo los complacía, de todos modos, apretando el disparador.

Fueron ellos quienes me hablaron de la Quebrada de Humahuaca. Insistían en lo increíble de sus paisajes, lo increíble de su gente y lo increíble de sus tradiciones. Martín, sobre todo, parecía ser experto en el tema, pues había vivido unos meses en la frontera con Bolivia. Igual hubo tanto entusiasmo en su voz que no hizo falta más descripciones para contagiarme: me explicaron que faltaba un trecho largo hasta Jujuy, pero que era posible hacerlo a tiempo de los carnavales. Solo había que apurar la marcha y recortar el itinerario. «Increíble», les respondí, sumándome oficialmente al grupo. Ellos lo celebraron poniéndome en medio de un abrazo. Me habría gustado ir con ellos adónde fueran.

Viajamos en bus la mayor parte del tiempo, aunque no fueron pocas las caminatas ni las sesiones de autostop en las que nos sorprendía la noche esperando un aventón en la carretera. Nada de eso quebrantó el espíritu de manada que aquel abrazo había tejido entre nosotros: comíamos juntos alguna cosa que nos apeteciera a los tres, tomábamos decisiones en mesa redonda y también el mate a esa hora imprecisa de la tarde, que no es la del café ni la de nada más que del mate. Ximena era la experta en prepararlo, con una paciencia y un nivel de detalle religiosos; creo que por eso les acepté siempre la invitación, aunque la bebida no me entusiasme en lo más mínimo. En cambio, los rituales del agua caliente, la yerba y beber todos de una misma bombilla me hacían sentir parte de un orden íntimo, tribal, indispensable.

Aquella magia duraba hasta la hora del sueño, que siempre alcanzaba a Ximena primero y la ponía gatuna, resbalosa. Se le iba echando encima a Martín, lo tocaba, lo mordía, lo rasguñaba hasta interrumpir cualquier posible conversación y sentenciar al pobre a la carpa; entonces nos dábamos las buenas noches y nadie volvía a hablar hasta que amaneciera. Yo solía quedarme un rato más, a veces pensando o mirando el cielo, pero sobre todo tratando de averiguar si aquella escena era el prólogo de algún arrebato apasionado entre los dos. Me gustaba imaginarlos allí, a poquísimos metros de distancia, tendidos uno sobre otro contra el suelo de grama del camping, mordiéndose los labios para no hacer ruido al acabar. Me halagaba ese esfuerzo imaginario por ocultarse, por intentar que yo no me enterara, como si lo hicieran pensando en mí a cada momento. La cosa es que nunca escuché un gemido, un jadeo, ni siquiera ese sonido ronco que hacen los labios al succionar. O eran expertos tirando en el más absoluto silencio o se tenían menos ganas de las que a simple vista parecía. Al final me iba también a dormir, húmeda y decepcionada, preguntándome si esos rasguños sucedían igual en mi ausencia o si eran también un lugar común, otra pose que hacían frente a la cámara.

Mis sospechas se confirmaron una noche en que abrieron el cierre de mi carpa y Ximena metió la cabeza, solamente, como las tortugas. Suerte que no estaba totalmente dormida. «Disculpame, ¿dormís?», fue lo que dijo entrando, a pesar de que yo estaba en pantaletas. «¿Qué pasó?», respondí en un tono muy alto que ella llevó rapidísimo al susurro. «No, no, nada, nada», dijo y cerró tras suyo, «quería hablar a solas con vos». «¿Conmigo?», «Sí, ¿podés? Es importante para mí», «Claro, dime», y empecé a ponerme la franela, aunque no se veía nada en la oscuridad. «Escuchame, yo sé que es re-extraño lo que te voy a decir, pero estás acá y sos piola. Además, sos mina y sos del Caribe», «¿…del Caribe?», «Y sí… Las caribeñas saben mucho de sexo y de esas cosas, ¿no?». Allí no supe cómo reaccionar y ella entendió mi silencio. Nunca me habían llamado puta de un modo tan halagador. «Uy, perdoname, no quise ser desubicada. Mejor no te jodo con esto», dijo y trató de devolverse, pero ya había logrado intrigarme. «No, Xime, está bien, cuéntame», «Bueno, es que…» dudó un poco y se dio ánimos de golpe, «A ver, ¿vos me encontrás linda?». Fui yo entonces quien dudó. «¿Cómo, Xime?», «¿Te parezco sexy, a vos?», insistió como si nada. Yo empecé un suspiro ruidoso, dándome tiempo a pensar, pero las palabras me salieron en automático: «Xime, mira… No te vayas a ofender, me caen muy bien ustedes dos, de verdad, y son súper bellos, pero no sé si tengo ganas de estar con nadie ahora ni tampoco de andar experimentando, ¿sabes?», «¿Eh? No, no, pará. No es eso», dijo con una risita y, justo cuando iba a explicarse, la voz de Martín cortó de un tajo el secreteo. Ximena gateó fuera de la carpa, volvió a la suya y con voz fatigada le dijo que no hiciera escándalo, que me había quedado sin toallitas y había tenido que prestarme una. «Cosas de chicas», le oí decir mientras volvían a acostarse. Cosas de chicas.

Esa noche me costó seguir durmiendo. No sé si esperaba que me volvieran a interrumpir o si era tanta la intriga que no podía dejar de hacerme preguntas. Cuando por fin amaneció, fui a dar una vuelta por los alrededores. Íbamos por Tucumán hacia Salta, siguiendo el verdirojo de los valles calchaquíes: su viento suave y su sol anaranjado, sus texturas amables parecían marcar siempre el camino correcto. El calor del verano se hacía más soportable y la comida bastante menos aburrida, como si algo lentamente se desperezara; cualquier cosa es mejor que La Pampa, de todos modos, esa monotonía sembrada de soya. En fila india por el camino, aprovechamos el sol matinal para avanzar hasta el próximo poblado, Martín a la cabeza y yo de última, deteniéndome en las elevaciones para intentar unas panorámicas. Al rato noté que Ximena enlentecía el paso, poniendo una discreta distancia entre Martín y nosotras. Supuse que vendría a ofrecer explicaciones, a propiciar una complicidad que me hizo sentir avergonzada, sin entender en ese momento por qué. Cada vez que lo intentó se lo impedí, apurando el paso hasta ocupar su lugar en la fila y dejándola después recuperar su posición. La situación no podía ser más incómoda. Ella intentó de nuevo dos o tres veces y, cuando no pude hacerme otra vez la distraída, volteé de pronto hacia el horizonte y llamé a Martín a los gritos, con la excusa de preguntar alguna tontera sobre el paisaje. A los hombres les encanta explicar. Ximena, quedándose de última, me lanzó una mirada de resentimiento.

En alguna parte leí que un retrato ideal involucra a tres personas distintas: el que sostiene la cámara, el que se deja retratar y el que contempla la foto, cada uno en la esquina de un triángulo irrepetible. Pero de los tres el fotógrafo es quien tiene realmente el poder: su mirada lo empieza todo. Es una linda teoría. Me pregunto si así funciona también el deseo, si hace falta un tercero para encender la mecha. A esas alturas del viaje tenía claro que Martín no era del tipo de hombres con los que suelo encapricharme: me aburrían su hablar autistoide, su cuerpo raquítico y mirada de perrito regañado. No sé cuántas veces le oí decir «yo» en alguna explicación sobre los viñedos salteños, los más altos del continente. Para mí le faltaba una buena dosis de rencor, no se puede amar bien sin un poco de rabia. Ximena, en cambio, tenía muy poca paciencia, lo interrumpía y le llevaba la contra, para después de una vuelta acabar repitiendo más o menos lo mismo. Un atropello que Martín consentía, sonriente, con un aire bovino que lo hacía ver más tierno y más tonto cada vez. Creo que empezaban de alguna manera a decepcionarme.

No puedo decir, tampoco, que yo le gustara a Martín o que me lo hubiese siquiera dejado entrever. Es fácil encapricharse con los porteños, pero después toca remar la corriente de su cosa neurótica: están demasiado distraídos consigo mismos y una tiene que ser todo el tiempo la que lleve el control. Venezuela es más simple en esos menesteres, basta con insinuarse y esperar: el caribeño hará lo que sea por corresponder, su hombría depende en gran medida de ello. Será por eso también que son tan infieles. Por último, no es que estuviera perdidamente enamorada de Martín ni que sintiera el llamado del instinto anidador, ni nada excepto simplemente lo que de sentía: unas ganas rastreras de tomarlo de la mano, como a los niños perdidos, meterlo a mi carpa y subírmele encima con los ojos abiertos, con la quijada apretada para no permitir la sonrisa. Tal vez quise hacerlo para saber si me rechazaría, para comprobar mis sospechas sobre los silencios que ocurrían de noche en su carpa. Tampoco quise pensar demasiado al respecto. Me di cuenta de ello cuando vino a pedirme prestada la cámara una tarde y dudé. Me hubiera encantado negarme y que insistiera, un ratito, hasta dejarlo quitármela de encima por su cuenta. Es la prenda más íntima que tengo. En vez de eso le sonreí y se la entregué, alzándome de puntitas para pasarle la correa por encima del cuello. Me sorprendió la torpeza con que la sostuvo, manos muy grandes y muy pequeñas al mismo tiempo, y lo dejé mirar el mundo desde mi atalaya. «¿Hace mucho que sacás fotos, che?», preguntó distraído por las opciones del modo manual de la cámara. Temí que la desconfigurara, pero me aguanté. «Más o menos», «¿Y preferís paisajes o retratos?», «Bueno, depende de la ocasión». Miró alrededor, como a través de un periscopio. Se me ocurrió que querría fotografiar a Ximena. «Y del modelo», añadí entonces, toda sonrisas. «¿Y a vos quién te fotografía? Porque nunca aparecés, ¿no?», dijo justo antes de que su novia regresara y, sin dar chance a respuestas, me devolviera el aparato. Entonces se puso a explicarme lo difícil que es tomar una buena foto.

Esa noche discutieron, fuerte, por primera vez. Ximena hizo de todo porque así fuera y Martín la esquivó hasta donde pudo. Era como una corrida de toros. No recuerdo cuándo se salieron las cosas de control, pero al rato estaban casi a los gritos, momento que aproveché para irme a dar otra vuelta, a disfrutar del cielo despejado y la brisa fresca, insistente, ya con un cierto olor a montaña. Demoré a propósito, con miedo culpable. Cuando volví todo estaba tranquilo y se habían encerrado en su carpa. Dudé entre intentar dormir más temprano o quedarme escuchando, como siempre; todos sabemos que una pelea es combustible para el amor. Pero solo se oía el viento sacudiendo la tela de las carpas y el chorrito de algún arroyuelo cercano, así que al final opté por dormir. Nadie me despertó en la madrugada.

Las peleas siguieron, con ritmo irregular, durante dos o tres días, sin que pareciera estarse resolviendo nada en el proceso. Martín decía alguna idiotez y Ximena era hipersensible. Al menos en público se controlaban, discutían rápido y a los susurros, y después los unía un asunto incómodo, triste, que los forzaba a esquivarse la mirada. Entonces Martín volcaba su atención hacia mí y hacia el camino, creyéndose más que nunca su papel de guía turístico. Yo le aguantaba el teatro hasta donde los celos de Ximena lo permitían: jamás dejó de marcar su territorio, sin importar lo molestos que estuvieran, como si temiera dejarnos un rato sin supervisión. Conmigo se mostró cauta, quizá avergonzada. Siguió siendo amable, esperando tal vez un nuevo intento de complicidad, un gesto que amortiguara sus temores. Nunca lo obtuvo. Estando así llegamos a nuestro último interludio, Salta capital. Una ciudad colonial memoriosa, apacible, que nos sirvió de abreboca a Jujuy. Uno ya se sentía en otro rincón del planeta: lejos quedaba el acento porteño, desplazado por la erre boliviana, el locro, las pieles aindiadas. Estuvimos dos días en un hostal estudiantil que olía a palo santo y marihuana, en donde nos registraron a Martín y a mí como pareja y fue necesario explicar; así de distante estaba con Ximena. Daba lo mismo, sin embargo, pues nos dieron lugar en una habitación para seis con baño compartido y cada quien durmió en una cama por separado.

La mañana antes de irnos, a Ximena le vino la regla sin estar preparada. A lo mejor se le adelantó, a veces pasa cuando se cambia rápido de clima. Se encerró tempranísimo en el baño a lavar sus pantaletas con un jabón que habían dejado en el lavamanos. Yo abrí la puerta sin querer porque no estaba puesto el seguro y me la encontré, ofuscada, pidiéndome por lo bajo que le prestara una toallita. Me hizo tanta gracia la ironía que me esforcé por contener la sonrisa. También me tomó por sorpresa su intento de discreción: con lo extrovertida que era, yo me hacía a Ximena de ésas que pueden hablar sin pudor sobre su período. «Tampones, tengo. Ya te traigo», dije y volví al cuarto a revisar mi mochila. Martín y dos chicos más estaban aún en sus camas. Revolví mis cosas hasta dar con el tubito plástico del aplicador, cogí dos y me detuve un instante sintiendo de pronto esa claridad que dan los deseos profundos, y sin pensarlo dos veces dejé caer mi mochila al suelo, junto a la cama de Martín. Él se incorporó de golpe y me vio recogiendo con parsimonia mi ropa interior. Tardó en ayudarme, supongo que dudaba. Pero me hice la tonta y lo dejé tocar un sostén que había quedado bajo su cama, uno moradito de encajes que me gusta un montón. «Ay, disculpa, ¿te desperté? Qué torpe», dije sin mirarlo, concentrada en lo mío. Él empezó un «No pasa nada» que le interrumpí, sin dar chance a que iniciara el monólogo: «Xime me pidió unos tampones prestados porque le vino y no tenía toallitas. Y como yo siempre estoy preparada… ya sabes, esas cosas de chicas». Me reí fuerte y él se prendió también de mi risa, aunque sin ganas y se le notaba. Levanté la mochila y me di vuelta, pasé por el baño a dejar los tampones y fui a buscar las tostadas del desayuno. Salieron del cuarto casi una hora después. Habrán tenido alguna otra pelea.

De allí en adelante Ximena se volvió introspectiva, taciturna. No quiso estar más en las fotos, no hacía el mate a menos que Martín le insistiera y si hablábamos durante el camino opinaba con languidez y fastidio, haciendo notar que prefería volver sobre sus pasos. Llegando a Jujuy le comenzaron los calambres y el malhumor, y cuando por fin nos bajamos del autobús en la Quebrada estaba tan pálida que tuvo que ir a acostarse en el acto. Nosotros, en cambio, quisimos dar una vuelta antes de que atardeciera. Había gente por todos lados, la mayoría de paso, adentrándose en ese espacio tan raro, mezcla de lugares opuestos: desierto y montaña, sol de día y viento frío a la tarde, la brisa sopla pero el aire falta. Los pueblos son tímidos, solitarios, como si esperaran el Carnaval durante el año completo para bailar en un par de semanas la tristeza de siglos de abandono. Es difícil tomarle fotos a eso, evitar los lugares comunes del turismo, las postales o la típica foto del Facebook, rascándole el lomo a una llama o sonriendo a un costado del Cerro de los Siete Colores. Por el contrario, hay que darle la espalda al paisaje y enfocarse en algún detalle que lo recomponga: una piedra, un árbol, un niño; hay que buscar la montaña en cada cosa posible. Y para eso hay que alejarse del grupo, de la procesión turística que convoca el Carnaval y de la que formábamos parte. Fue lo primero que hice: caminar, alejarme del pueblo y de la zona de confort. Pero no lo hice sola. «¿Te saco una foto?», surgió la voz de Martín a mis espaldas. Me había estado siguiendo a lo largo del camino zigzagueante hacia los cerros que dan la vuelta al poblado. Lo dejé alcanzarme, resoplando, como un animal de carga. «Está buenísimo, ¿no te lo dije?», sonrió haciendo un gesto hacia las montañas. «Totalmente, tenías razón», «Acá es medio bajón, la joda es en Tilcara», continuó, los brazos en jarras, «Pero está bueno para llegar. ¿Sabés que el nombre del pueblo es aimara? Ciudad del desierto significa». «¿Y Xime?, ¿se quedó?», lo interrumpí. Él se mostró distraído. «Sí, sí. Se sentía mal, ¿viste?», «Ah, pobre», «Sí». Nos adentramos un poco más en ese bosque de piedras y montañas hasta sentir que éramos los últimos seres humanos en un mundo desierto. Martín habló un rato más, yo no respondía y se fue quedando sin combustible. El camino ofrecía explanadas cortas, rodeadas de cactos altos como personas y de lajas de todas formas y colores: un panorama marciano. Frente a una de ellas acepté que me tomara una fotografía. Le puse en las manos el aparato y mientras tomaba distancia me solté el pelo y me saqué, de un tirón, juntos, el suéter y la camiseta. Tenía puesto el sostén morado que en Salta cayó bajo la cama y con un guiño le pedí que lo desabrochara. El aire frío me puso durísimos los pezones y la piel de gallina. Me llevé las manos a la cintura y lo dejé tomar una, dos, tres imágenes temblorosas, movidas, en el peor ángulo posible, miedosas al principio y después acercándose más, incluso sugiriéndome poses: mirando pensativa al horizonte, sentada sensualmente en una piedra, sin importar lo mal que salieran ni cuántas tomara. Solo estábamos él y yo en el universo, mirándonos de frente y sin disfraces a través de la cámara.

Tarde o temprano Martín se acercó lo suficiente para agarrarlo de frente y acariciarlo por sobre el pantalón. Ni siquiera nos besamos. Él hizo apenas un gesto de duda, un parpadeo de más, cuando me hinqué de rodillas y le bajé la bragueta. Empezó a decir algo que no recuerdo, y calló en cuanto bajé su ropa interior con las uñas y lo metí despacito en mi boca. Estaba frío al principio y más blando de lo que esperaba, con ese saborcito salado que le pone el sudor. Empecé a mover la cabeza y la lengua y lo escuché respirar profundo, como con miedo, y fue poniéndose firme. No supe si aún me miraba a través del visor, pero me gustaba imaginar que lo hacía, me hacía sentir poderosa. Entonces le agarré una mano tímida que se aferraba al pantalón y me la puse en la nuca para que marcara el ritmo, allí estuvo unos instantes apenas antes de dejarme sola de nuevo. En pocos segundos noté que algo había cambiado. Pareció endurecer un poco más, no demasiado, cuando lo dejé asomarse unos segundos a mi garganta. Abrí los ojos humedecidos, buscando los suyos arriba, y los vi cerrados con una mueca profunda en el rostro bello pero compungido. Intenté moverme más fuerte, sujetando la base con la derecha y apartándome el cabello con la otra, pero a pesar de mis esfuerzos, de mis gemiditos para hacerle saber que me gustaba, lo sentí perder volumen dentro de mi boca. Insistí un poco más, con velocidad, y obtuve apenas un gruñido de dolor. El encogimiento continuó hasta sentenciar mi derrota. Finalmente no supe qué hacer y lo dejé volver a subirse los interiores. Me sentí estúpida, insuficiente, como si acabara de perder una apuesta importante. En silencio, me reproché haberle dejado tocar mi cámara y, más aún, oprimir el disparador. Sentí que era a mí a quien habíamos traicionado.

Tan transparente fue mi decepción que Martín floreció de inmediato en excusas: que aquello no solía pasarle, que tal vez la altura, la concentración de oxígeno, el frío que ya empezaba a sentirse. Le dije a todo que sí, mientras me vestía de nuevo y le quitaba mi cámara. Él insinuó entonces algo respecto a una próxima vez y quiso acercarse, creo que con ánimos de ternura, pero se lo impedí. «No va a haber próxima vez», sentencié y sin esperarlo empecé a caminar de regreso. «Eh, no seas forra», protestó, tomándome de un brazo, pero me le solté con un tirón indignado. «Pobre Xime, ahora la entiendo», fue mi estocada final. El golpe bajo le tomó por sorpresa, puso cara de perrito abandonado y me dejó marchar en silencio. No volteé siquiera a mirar si me seguía. En el camino borré una a una las fotos que acababa de tomarme.

Esa noche me fui a dormir primero que nadie. Pasé horas enteras mirando el techo de la carpa o revisando mis fotos, no quise saber de mis compañeros hasta la mañana siguiente. Por suerte Tilcara no estaba tan lejos. Bordeando el lecho del río, un par de horas después del amanecer, nos sumamos al torrente turístico que perseguía el Carnaval. Sonaban la cumbia y el carnavalito, y había un clima de expectación, de entusiasmo, que no hacía mella en nuestro grupito infeliz y silencioso. Sospecho que a esas alturas ninguno quería continuar con el viaje, pero lo hacíamos por una inercia invisible y poderosa que aquel primer abrazo nos había echado encima como una maldición. Yo decidí encerrarme en el visor de la cámara, sintiendo que volvía a viajar por mi cuenta. Nadie hizo intentos sinceros por entablar una conversación. Nos habíamos vuelto un archipiélago.

Esa tarde llegamos a tiempo para ver las comparsas que recorrían el pueblo. Eran varias, de nombres diversos, cada una con un espíritu ligeramente distinto a la anterior, y deambulaban de plaza en plaza al ritmo de un canto alegre que me gustó pero nunca entendí lo que decía. Contemplamos las primeras a una distancia prudente, a salvo de los chorros de espuma que recibían los despistados. Tenía miedo de que me ensuciaran la cámara. Al rato apareció una más grande, encabezada por sus diablos danzantes, que inundó la callejuela dejándonos en extremos opuestos. No sé cómo entre bailes, puños de harina o de talco y chorros de espuma de afeitar, me vi de pronto cámara en mano, invisible y reconciliada con mi labor de testigo, sonriendo detrás del visor y tomando una, dos, tres fotografías ruidosas de la comparsa que me abrazaba, que posaba a mi alrededor como un animal largo, dócil, y furioso. En algún momento de mi entusiasmo quise voltear hacia mis olvidados compañeros de viaje, a tiempo de verlos volver, sin tomarse de manos en dirección contraria a la comparsa. Me pareció que llevaban el peso de sí mismos en un andar cabizbajo: una tristeza que los había uniformado, como un delicado barniz de dolor que los hacía parte de un mismo relato. Con un giro rápido del zoom pude captarlos así, por fin libres de lugares comunes, andando calle abajo en medio de la fiesta, sin que el Carnaval les quitara del todo esa profunda hermosura que tiene el contraste.

 

 

 

Gabriel Payares (Londres, 1982) Escritor venezolano. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (Caracas), Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar (Caracas) y Magíster en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Buenos Aires). Autor de los libros de relatos Cuando bajaron las aguas (2009), Hotel (2012) y Lo irreparable (2016). Ha recibido numerosos galardones nacionales como cuentista, entre los que destacan el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2008), el 66º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (Caracas, 2011), el Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (Maracaibo, 2014) y una primera mención en el XIII Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (La Habana, 2014). Muchos de sus relatos se recogen en diversas antologías y aparecen en portales digitales y revistas de literatura. Vive en Buenos Aires desde 2014.

 

 

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