Memorias

«En busca de Cristo», por Gabriel Mamani Magne

 

PODRÍA SER La Paz.

Aquí también ves el centro de la ciudad desde un pedestal digno de un cóndor o de un helicóptero. Podría ser La Paz: casas sin fachada, ladrillo puro, necesidad pura, con calzones y medias colgando en las terrazas como banderas de guerra o cometas atrapados en un tejado. Podría ser La Paz. Me siento en la acera, bebo de mi agua y pienso que la gente, a esta hora de la tarde, más que negra o mulata, tiene color de atardecer.

Lo que hace la nostalgia.

No es La Paz pero se le parece. Si antes creía que el caos era un símbolo patrio de mi país, ahora me doy cuenta de que el desorden es sobre todo patrimonio latinoamericano. Como la borrachera o el racismo. Autos sin placa, destartalados, haciendo un traqueteo de anciano ronco mientras escalan unas colinas que parecen nunca tener fin. Niños con chinelas impares. Una mulatita rematando cerveza al mismo tiempo que remata su cuerpo, lo que salga primero.

Brenda, la amiga española que me ha traído hasta aquí, me dice que le echemos una ojeada al teleférico.

Bajamos la quebrada, nos detenemos al borde de la colina y, a través de la maraña de cables que cuelgan entre dos postes peligrosamente encorvados, lo diviso: la estación del teleférico, con las cabinas en reposo, relucientes, tan quietas y limpias como los cochecitos de un niño malcriado que se ha aburrido demasiado rápido de su juguete nuevo.

–¿Subimos? –sugiero.

–Imposible –dice Brenda.

–¿Por qué?

–Hombre, este teleférico ha fracasado porque la gente tenía miedo de que una bala perdida diera con las cabinas. Ya sabes, cosas del narco. –Y agrega, un poco orgullosa de ser de donde es y un poco avergonzada por no ser tan de acá como se imaginaba–: Este caos… Solo en Brasil.

“Y también en Bolivia”, quisiera decirle, pero me muero de sed.

*

MARZO DE 2016. Estamos en medio del Complexo do Alemão, un conjunto de favelas ubicadas en la zona norte de Río de Janeiro.

Al igual que en La Paz, aquí la pobreza es cosa de montañeses. Mientras más alto vivas, más pobre se supone que eres. La ecuación también se aplica para el color de piel: mais morro = mais pigmento. Si en el bar Bukowski de Botafogo –barrio de la zona acomodada de Río– la gente que me rodeaba parecía descendiente de Thor o de algún héroe vikingo, la vida acá no le ha perdido el rastro a África.

Muchos cariocas no lo admiten, pero en este país la pobreza se mide en tonalidades bronce: otra coincidencia con Bolivia.

Tomamos fotos para la investigación de Brenda (29 años, antropóloga, estudiante de doctorado de la Universidad de Barcelona) y la paz reinante me estremece porque se me hace sospechosa. La tele, Internet, los medios en general han construido una mitología sobre Río que predispone la voluntad de cualquier forastero. No soy la excepción: desde que he llegado a esta ciudad, camino con temple paranoide, miro atrás siempre que puedo, desconfío de cada desconocido que me observa por más de dos segundos.

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Estoy aquí gracias a una beca. Estudio una maestría en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Contra todos mis pronósticos, soy el único boliviano en mi facultad. Antes de emprender el viaje, había leído un artículo que aseguraba que la comunidad boliviana conformaba el principal conglomerado de inmigrantes sudamericanos en el Brasil: 80 mil aproximadamente. Lo que el artículo no mencionaba era que el noventa por ciento de esos bolivianos está asentado en São Paulo, ese monstruo metropolitano de veinte millones de habitantes, cuyo paisaje –concreto, concreto, más concreto– le ha valido la fama de una de las ciudades más sin chiste de América Latina.

No aquí.

Río carece de la cualidad industriosa que São Paulo ostenta. En esta ciudad, donde la mejor ropa es la piel misma, la economía gira en torno al verde do dólar (el turismo) y al verde da mata (la naturaleza). El anzuelo es la sonrisa, los brazos fibrosos, las nalgas, no las manos: Bolivia no tiene nada que hacer aquí. En estos meses, lo más cercano a un boliviano que he encontrado ha sido un peruano de Puno que vendía suvenires en el barrio de Catete. Cuando nos miramos, nos sonreímos como paisanos. Mismos ojos, mismo pelo, misma piel. Tuvimos que abrir la boca para darnos cuenta de que, pese a los rasgos, pese a la historia, pese a la timidez neolítica en las miradas, nuestras cédulas de identidad decían que él sufría con cada mal pase que chutaba Christian Cueva mientras que yo rogaba porque Marcelo Martins no pifiara un gol cantado.

–¿Has visto a algún boliviano en la ciudad? –le pregunto a Cásio (24), el amigo de Brenda encargado de guiarnos por la favela.

–Déjame pensar –dice dubitativo.

La pregunta queda suspendida en el aire durante el resto de la visita. Y solo cuando estamos esperando el bus que nos devolverá a casa, el brasileño menciona:

–En Sans Pena hay varios indígenas que venden aretes y cosas de ese tipo.

–¿Sabes de dónde son?

–Yo como carioca –dice– solo sé que son extranjeros. Tienen el pelo largo y liso… y tienen trazos indios.

Brenda, al parecer insatisfecha por la respuesta, pregunta en portuñol:

–¿Y jamás se te ha ocurrido preguntar de dónde son?

Cásio nos mira como un estudiante en un examen oral obligado a decir más de lo que sabe.

–La verdad no…

Y al segundo, como si de repente hubiese recuperado toda la galantería perdida en su última respuesta, sonriente y chabacano, otra vez carioca, agrega:

–Amigo, disculpa. Pero bolivianos, peruanos, mexicanos, ecuatorianos, todos me parecen iguales, ¿no? Lo mismo te debe pasar a ti con los asiáticos.

*

A DONDE VOY, busco compatriotas. En la Pedra do Sal, donde se baila samba hasta que las penas desaparezcan con las gotas de sudor; en los vagones del metro, a la seis de la tarde, apretujado entre mujeres oficinistas y tipos musculosos con la camiseta del equipo de sus amores; en la librería Cultura, edén con aire acondicionado; en las graderías de Selarón: cliché carioca; en Copacabana, ratonera de gringos, con playa y cuerpazos, otro cliché; en el campus de la universidad, camino al aula, empapado de sudor pese a que solo he andado veinte metros; en los bares de mi barrio, Flamengo, mientras bebo una Bohemia e intento seguir el partido o la telenovela de la hora o alguno de esos shows basura que Globo transmite para sedar la conciencia política de los brasileños.

Y nada.

–Para mí que los bolivianos saben que quieres contar sus vidas y por eso se están escondiendo –dice un colega de la universidad.

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*

CAMINO POR Lapa –barrio fiestero– con la sensación de que algo importante está por suceder. De algún bar se oye la canción de la temporada, Tá tranquilo, tá favorável, interpretada por MC Bin Laden y un cantante cuyo torso desnudo ocupa hoy gran parte de los salvapantallas de los celulares de las brasileras: Lucas Lucco.

Tá tranquilo, tá favorável es un funk pegajoso, aunque decirlo así suene a eufemismo, porque en el fondo todo funk tiene esa cualidad. Se pronuncia fanqui y es el equivalente brasileño al reggaetón de Hispanoamérica. El contenido de este género es sobre todo sexual. De hecho, todo en esta ciudad parece albergar una sensualidad innata, una corporalidad rematada por el culto al cuidado personal (en mi calle hay por lo menos cinco gimnasios) y el hecho de que el calor lo obliga a uno vivir en un estado de estriptis constante.

–Chico Buarque, Caetano Veloso, Tom Jobim y compañía, la bossa nova y todo eso…son una creación de marketing con el objetivo de perfilar un Brasil aceptable y for export –me dice José Almeida, treinta años, historiador, buen amigo y torcedor del Fluminense–. Lo que el pueblo en verdad escucha es funk. Es como la cumbia villera en Argentina –y esta oración la suelta en un español fluido, porteño, producto del año y medio que ha pasado como estudiante de intercambio en Buenos Aires.

José y yo acabamos de encontrarnos en Selarón, punto turístico que consiste en una gradería multicolor de 125 peldaños, engalanada en 1990 por el artista Jorge Selarón. A los costados, grandes bloques de cerámica hacen de paredes y alojan estampados variopintos que van desde escudos de familias danesas hasta mensajes en japonés.

En estas graderías, Snoop Dog y Pharrell Williams han grabado el videoclip del tema Beautiful.

Un saltimbanqui de greñas rubias y pecho al aire hace malabares frente a nosotros. Curiosamente, cuando acaba su acto, no pide una colaboración: solo sonríe.

–¿De dónde son?

Benoit, así se llama, arquea las cejas cuando le digo que soy de Bolivia. Ha vivido en La Paz, en la meseta de Achumani –bonito lugar para pensar–, allá por 2003. Dice que es amigo de un pintor paceño muy famoso, aunque no atina a dar el nombre. Benoit es de Aruba. Su español, aunque algo lento, es perfecto. Su portugués no tanto: cuando habla con José uno detecta que ha aprendido el segundo idioma sobre la base del primero.

Pero eso no es lo más importante. Lo trascendental es que, antes de despedirnos, Benoit menciona que conoce a un boliviano amigo suyo que trabaja no muy lejos de aquí, en Catete.

–Vende aretes, pulseras, cosas de ese tipo –dice Benoit. La primera brisa de la noche se hace sentir: el saltimbanqui tiembla–. Se llama Jesús– agrega, y el que tiembla soy yo.

Ha dicho “Jesús”, pero en mi mente el nombre queda grabado como “Cristo”.

*

AL DÍA SIGUIENTE, dos Cristos me convocan: el boliviano y el Redentor. El último me cuesta alrededor de sesenta reales, que son como 120 bolivianos, doce veces más que su par cochabambino. Desisto.

Me inclino, entonces, por el primero. Es sábado y hace buen tiempo, lo que es igual a decir que no hace sol. Mientras camino hacia Catete, me pregunto por qué gran parte de los poetas se ha dado a la tarea de hacernos creer que sombra y frío son metáforas cabales de la adversidad. Para un andino como yo –y para muchos otros extranjeros injertados en este paraíso sudoríparo– las palabras que más hacen florecer la dicha son noite (noche) y ar condicionado (aire acondicionado).

Tres de la tarde, 31 grados.

Cuando llego no encuentro al Cristo. Al boliviano, digo. El Redentor está presente a pesar de que hoy el algodón de las nubes impide divisar su perfil de guardián cansado. Faltaba más: es la cara de Río. Y como buena cara, pese al cielo encapotado, lo encuentro en las decenas de recuerdos que se ofertan en los puestos ambulantes cuyos dueños parecen no entender un no por respuesta.

–¡Cinco reales! ¡Cinco reales! –dice un negro flaquísimo que me ofrece un llavero de metal con la forma del Cristo.

Aprovecho para preguntarle por el boliviano.

–Cuatro reales –dice por toda respuesta, en voz baja, con una prisa propia de un negociante de lo ilícito.

Pregunto a tres vendedores más. Nadie sabe nada.

Dos días después, entrevisto a algunos comerciantes y el único que ha visto al boliviano es Edmilson, un pernambucano que vende libros usados en el suelo.

–Era el año pasado –cuenta–. Vendía pulseras y aros en esta calle. Tenía una socia que lo ayudaba.

¿Cómo era su aspecto? Según Edmilson, “no muy boliviano”. Es decir, alto, de piel clara y cabello largo. También era flaco, “no tanto como él” (el pernambucano señala al mercader de llaveros, cuyo puesto se ubica a no más de cincuenta metros), pero sí “se notaba que no comía bien”.

¿Cuánto sabía de él? Poco. Que era boliviano. Que no hablaba portugués. Que se llamaba Jesús.

La idea que Edmilson tiene sobre los bolivianos en general concuerda con la versión que la mayoría de los brasileños maneja sobre nosotros. Si no fuera por el fenotipo, Evo Morales o el narcotráfico, la palabra Bolivia haría tanto ruido como los nombres Turkmenistán o Namibia.

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Reviso en la red los matutinos bolivianos y uno de ellos me ofrece un nuevo capítulo del novelón llamado “Caso Zapata”. Sin saberlo todavía, he ahí otro zarpazo de la bolivianidad en esta ciudad que por estos días solo habla de Dilma Roussef y la posibilidad de que sea destituida de la presidencia.

A namorada do Evo Morales, muito bonita, muito bonita –me dirá días después un ebrio en Lapa al saber que soy de donde soy.

La situación en el ámbito académico-cultural no es muy distinta. Muchos colegas, incluidos intelectuales cosmopolitas con decenas de sellos en el pasaporte, confunden a Bolivia con Colombia. José Martins (26), estudiante de maestría, dice que eso ocurre porque ambos nombres suenan igual. Yéremi González (33), colombiano residente en RJ desde hace diez años y magíster por la UFF, dice que se trata de simple y pura xenofobia:

–Entiendo que confundan Colombia con Ecuador, Uruguay con Argentina, Perú con Bolivia. Pero, ¿Colombia y Bolivia? –Yéremi es bogotano, es decir, andino. Su forma de hablar carece de estridencias, es pausada, casi tanto como la mía, así que cuando su voz alcanza un timbre diferente al de siempre sé que algo en serio lo ha molestado. Y este es el caso. –Al parecer para el Brasil –prosigue– nuestros países son una misma nación cuyo principal producto de exportación es la cocaína. Una vez, un ingeniero de Porto Alegre me dijo que le preocupaba que las FARC decidieran secuestrar a Evo Morales. En otra, una amiga me contó que había pasado sus vacaciones en La Paz y Cochabamba, y que le había sorprendido que nadie en esas ciudades se pareciera a los negros que jugaron en el Mundial 2014.

Busco y rebusco libros de autores bolivianos en cuanta librería vegeto –ahora estoy en la Travessa Botafogo–, y los únicos títulos que encuentro son: O delírio de Turing, de Edmundo Paz Soldán; Hotéis, de Maximiliano Barrientos; y Metal do diabo, de Augusto Céspedes.

En el prefacio de Hotéis, el intelectual brasileño que presenta el libro hace énfasis en el hecho de que el escritor “parece haber nacido en algún pueblito estadounidense y no en los altiplanos bolivianos”. Sin embargo, según la biografía de la solapa, Maximiliano Barrientos es oriundo de Santa Cruz de la Sierra, ciudad al nivel del mar, lejos del altiplano.

Cuando no es narco, Bolivia es altura.

*

SI POR ESTOS DÍAS la telenovela favorita de los bolivianos tiene como protagonistas a Gabriela Zapata y a Evo Morales, el culebrón que mantiene en vilo a 200 millones de brasileños es un thriller que involucra a la presidenta Rousseff y a un parlamento al acecho cuyo caballo de batalla son los medios de comunicación. El papel de judas lo hace Michel Temer, vicepresidente de la República.

Aunque a estas alturas el final ya parece conocido (la destitución de Dilma), como en las mejores novelas, lo importante no es la trama sino cómo se cuenta la trama.

Abril de 2016. El ambiente preolímpico que colorea las calles no disimula la tensión presente en todos los ámbitos: el económico, el social y el político. Se va a armar la gorda. Lo sabe desde el camelô que vende películas porno en Uruguaiana hasta el emérito docente de la UFRJ que esta noche va a teclear algunas líneas anti-Temer en su progresista muro de Facebook.

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Río de Janeiro está literalmente en crisis. El precio de los pasajes de transporte público ha subido dos veces este año, los empleados públicos no cobran desde hace meses (entre ellos el personal de salud y profesores de la universidad estatal) y los alquileres son los más caros de todo el Brasil. La desigualdad campea con cinismo en los puntos más turísticos: en la playa de Copacabana, apenas termino de almorzar en un restaurante al aire libre, un par de muchachitos –negros, como siempre– corren hacia a mí para preguntarme si pueden quedarse con las sobras de mi comida.

Aun así, el temperamento carnavalero de los cariocas tiene la capacidad de distraer el ojo inexperto del turista. En este pueblo PhD en sonrisas, resulta difícil creer que la palabra crisis sea las más usada al momento de hablar de la realidad. Pero lo es. Al problema de la recesión, se suma la inveterada ola de violencia que golpea a Río desde dos flancos no tan distintos como se cree: los delincuentes y la policía.

El efecto desestabilizador de la delincuencia puede rastrearse desde el miedo consolidado en el imaginario de la gente (“No abras la ventana del ómnibus porque el ladrón puede quitarte el teléfono”) hasta historias que parecen tomadas de una película de acción (“Ayer no pude llegar a clases porque había un tiroteo en mi barrio”). La violencia policial, por su parte, opera bajo la consigna modernizadora enarbolada por los gobiernos locales y los capitales extranjeros. En 2008, fueron creadas las Unidades Policiales Pacificadoras (UPP) con el objetivo de tomar el control de las regiones más peligrosas de la ciudad y así crear una suerte de “cinturón de protección” que separara el lado donde se llevan a cabo los megaeventos (Copa Mundial FIFA 2014, Juegos Olímpicos Rio 2016) de las zonas convulsionadas. El objetivo de las UPP, como prometía su nombre, era la pacificación. Sin embargo, si bien en un inicio los índices de violencia se redujeron de forma considerable, en los últimos diez años, según organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, cerca de ocho mil civiles murieron gracias a balas de los uniformados.

–¿Por todo eso quieren sacar a Dilma? –le pregunto a Allan Fagundes, vecino de mi barrio.

–Por supuesto que no –responde.

–¿Entonces?

Su modo de suspirar me dice que he pecado de inocente.

*

DOMINGO POR la tarde y por primera vez no se transmite fútbol en los televisores de los bares. La sintonía es unánime: en cada predio se acompaña la votación en el Parlamento que decidirá el destino de la presidencia del país.

Las acusaciones que pesan sobre Dilma Rousseff son pasibles a interpretaciones. Lo único cierto es que la hasta estos segundos presidenta del Brasil es condenada por maquillar cuentas públicas –lo que en el medio se conoce como “pedaladas fiscais”–, malabar financiero realizado también por otros presidentes sin ningún tipo de implicancia penal.

–En síntesis –me explica con didáctica Allan Fagundes, 57 años, carioca, enfermero y residente de Flamengo– la presidencia no tenía dinero para pagar la cuenta de un programa estatal y tomó el monto de un banco público para reponerlo después. Se retrasaron en el reembolso y, tiempo más tarde, tres abogados hicieron la denuncia alegando corrupción.

¿Delito o no? Los defensores de Rousseff dicen que se trata de un acto común llevado a cabo por todos sus antecesores. En contraste, sus acusadores –líderes de la oposición, en especial los pertenecientes a la bancada evangélica–, desde el inicio del proceso, parecen menos interesados en dilucidar los hechos que en derrumbar de una vez por todas al PT.

Si se aprueba el impeachment, Dilma será alejada de la presidencia y asumirá el vicepresidente Michel Temer, que hace unos días ha roto la coalición que su partido (PMBD) tenía con el PT.

–Es un golpe de estado –afirma la izquierda.

Allan Fagundes vive un piso más arriba que el mío. Si bien nació en Río, su vocación aventurera lo llevó a vivir en Europa por alrededor de treinta años. Volvió al Brasil hace tres. Allan es de raza negra, de modo que se ha beneficiado del sistema de cuotas raciales laborales que el gobierno de Lula ha instaurado en su primer mandato. Su condición de antiguo migrante ha hecho que nuestra relación se desarrolle con facilidad: de todos los cariocas que he conocido, es uno de los pocos que sabe qué se siente que los oficiales del aeropuerto te inspeccionen con más escrupulosidad que a los otros.

Miramos la votación en el televisor de su sala. Como buen carioca, Allan es poseedor de una sonrisa ancha que le descuenta años a su casi sexagenario rostro. Sin embargo, esta tarde no ha sonreído una sola vez. Apoya a Dilma. O por lo menos está en contra de sus acusadores. Eso no lo convierte en un militante del PT con todas las credenciales, aunque a ojos de la oligarquía sus opiniones políticas lo transforman en un comunista o en un vagabundo esquerdopata.

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Nunca hemos mirado el fútbol juntos, pero esta noche sus pupilas tiemblan igual que las de un hincha cuyo equipo va perdiendo por goleada.

–¡Golpistas de mierda! –grita.

Antes de emitir su voto, cada diputado tiene algunos minutos para explicar las razones de su decisión. La retórica moralista domina los discursos: los diputados que votan a favor del juicio político lo hacen defendiendo a Dios, a la Biblia, a la familia tradicional. El telón que pretendía hacer creer que las razones del impeachment eran jurídicas se ha levantado, y lo que queda ahora es un circo en el que la facción más conservadora de la política brasileña muestra su verdadera cara: revanchista, híperreligiosa, nostálgica de los militares que efectuaron el golpe de Estado en 1964.

–En este día de gloria para el pueblo tiene un hombre que entrará a la historia. Felicidades, presidente Eduardo Cunha. Perdieron en 1964 y ahora en 2016. Por la familia y la inocencia de los niños que el PT nunca respetó, contra el comunismo, el Foro de São Paulo y la memoria del coronel Brilhante Ustre, mi voto es sí (al impeachment)– dice Jair Bolsonaro, diputado y evangélico de la Iglesia Baptista.

Nada de esto sorprende. A diferencia de Bolivia, en el Brasil los religiosos evangelistas tienen una incidencia importante en la política del país. Se trata de un programa político cuya misión consiste en defender los valores cristianos dentro del Parlamento. En la actualidad, la llamada bancada evangelista cuenta con 69 diputados. Muchos de ellos –45% del total, según un informe de UOL Brasil– usan los títulos de “pastor”, “misionario” u “obispo” en las papeletas de las elecciones.

En un país cuya liberalidad en materia sexual contrasta con la presencia de un catolicismo fuerte en la fe pero débil en los ritos, los evangélicos –entre ellos Jair Bolsonaro, uno de los más polémicos– se articulan para, por ejemplo, dificultar la aprobación de proyectos en favor de la comunidad LGBT o impedir la despenalización del aborto.

La pantalla muestra el número dorado para los detractores de Dilma: 342 votos. Un barullo se oye desde la calle. Vecinos de los edificios colindantes han abiertos sus ventanas y hacen ondular banderas brasileñas.

Ruido de cucharones impactando contra cacerolas vacías.

–¡Fuera Dilma! ¡Chau comunistas!

Olvidé mencionarlo: Flamengo es un barrio perteneciente a la zona sur de Río, la zona acomodada.

*

AL DÍA SIGUIENTE, el periódico El País abre con el titular: Dios tumba a la presidenta de Brasil. El portal Agencia Brasil, a su vez, señala que los diputados citaron 136 veces la palabra “familia” y 59 veces la palabra “Dios”.

El Cristo debe sentirse orgulloso.

*

HASTA HOY, LA chamarra marca North Face pirata que he traído desde Bolivia no había salido de mi maleta. Hasta hoy, los termómetros daban fe que aquí, como reza el dicho popular, solo hay dos estaciones: verano e infierno.

Pero el invierno –o al menos lo que los cariocas entienden por invierno– ha llegado como una promesa de amor que en algún momento parecía imposible. Es agosto, de noche, y uso ropa gruesa por primera vez en cinco meses: 17 grados según mi celular.

Los Juegos Olímpicos Rio 2016 se han inaugurado hace algo más de una semana. Babel en las calles: miles de extranjeros pululan por la ciudad en busca de la experiencia estereotipada que las agencias de turismo ofertan en sus páginas web: playa, negritos jugando fútbol, feijoada, cuerpos esculturales, el Cristo Redentor.

Los vagones del metro están abarrotados. El comercio hace su agosto en pleno agosto: el plato de carré con papas fritas que costaba 13 reales ha subido a 17; en Copacabana y otros puntos turísticos, por apenas 15 reales, el visitante puede llevarse una réplica de plástico de las medallas con las que se premia a los atletas vencedores.

Tiempo de nacionalismos. Los más orgullosos son los argentinos. Su selección de fútbol acaba de perder contra Portugal y, aun así, un grupo de más o menos treinta personas con camisetas albicelestes corea vítores chovinistas dentro del tren en el que viajo. Horas antes, en el estadio, antes de que empezara el juego, unos brasileños sentados cerca de mi butaca me preguntaron cómo se dice veado en español. Por un segundo me ofendió el hecho de que mi extranjería resultara tan evidente, pero la lata de cerveza que me convidaron despejó cualquier vacilación sobre su buena onda.

Maricón –respondí.

Segundos más tarde, los brasileños coreaban con voz borrachina:

–¡Argentiiino, maricóóón! ¡Argentiiino maricóóón!

*

Sábado. Once de la mañana. Camino en dirección a la biblioteca de la Fundación Cultural del Banco do Brasil. La avenida que debo atravesar para llegar a mi destino está interceptada. En la acera, una hilera de gente contempla lo que sucede al centro. Tengo que abrirme espacio entre la multitud para darme cuenta de que se trata de la maratón de mujeres.

Una asiática con una bandera irreconocible impresa en la malla camina en vez de trotar. Dos keniatas –así lo señala una pareja detrás de mí– la superan y el público estalla en aplausos.

Quiero llegar a la vereda de enfrente pero no sé cómo. Entonces, igual que una canción que te recuerda una pasión que ya se creía superada, una sensación tan vieja como paceña se apodera de mis pensamientos: siento el mismo fastidio que cuando en mi ciudad natal alguna entrada folklórica me impide cruzar la calle.

Un gordo dice en inglés que por allá hay un pasadizo. Tardo demasiado en tomar la iniciativa, y la fila que se ha formado ya cuenta con alrededor de cuarenta personas.

La gente avanza lento. Demasiado. Quizá porque la mayoría se distrae observando a las atletas: una brasileña, una rumana, una venezolana, una portuguesa, dos colombianas.

Y de repente, Bolivia.

No es una atleta sino una bandera. En la vereda de enfrente, a más o menos cuarenta metros de distancia, diviso una tricolor extendida sobre la valla que mantiene a raya a los espectadores. Trato de no perder de vista a la bandera y por eso me pierdo el paso de una corredora centroamericana que, según los miembros de la fila, ha ganado muchas cosas. Llego a la otra vereda con la frente empapada de sudor. De alguna forma, lo mío también es una prueba de resistencia.

–Hola. ¿Eres de Bolivia? –pregunto a la mujer que está detrás de la bandera.

–Sí –responde–. De Cochabamba. ¿Tú también eres boliviano?

Se llama Sulma y está de vacaciones con su familia en Río. En eso aparece su marido, un hombre alto y moreno, de nombre Winston. Lo acompañan otros dos bolivianos, ambos también cochabambinos. Intercambiamos historias en menos de un minuto: saben que soy paceño, maestrante de la UFRJ, aspirante a escritor; sé que Sulma y Winston viven en Bolivia, que los otros dos trabajan desde hace ocho años en São Paulo, que nadie de los aquí presentes recuerda el nombre de la marchista boliviana que participa en el evento.

–Rosmery Quispe –dice Sulma luego de revisar en Internet. Pero cuando la vemos pasar, su nombre es lo de menos.

Gritamos “¡Bo-li-via!” y aplaudimos mientras la atleta marcha a pocos metros de nuestra valla. La emoción es distinta a la que sientes cuando la selección de fútbol juega en La Paz: si en el Siles el fervor es más mecánico, adiestrado por la experiencia clubista y contagiado por las más de cuarenta mil almas que visten la misma polera que vos, aquí la situación exige más bullicio, más honestidad.

Nuestro equipo lo conforma una sola persona. Nuestro equipo es una mujer bajita que no nos mira. Nuestro equipo es una mujer parece que va a desfallecer pero que acaba de superar a una competidora de rojo. Nuestro equipo es una mujer que no es rica, que no ha recibido ayuda estatal, que ha tenido que costearse el viaje y el entrenamiento y la gorra, y que probablemente no va a obtener ninguna medalla. Nuestro equipo es una sola persona que en veinte segundos será un puntito que se pierde el horizonte.

Y se pierde.

Muerto el patriotismo, los bolivianos y yo nos miramos como un par de amantes que acaban de hacer el amor y no saben cómo decirle al otro que no están dispuestos a pasar la noche en su compañía.

Les digo la verdad:

–Tengo mucho trabajo.

No hacen mucho por retenerme.

Winston dice que me agregará en Facebook pero nunca lo hace. Yo tampoco los busco. O tal vez sí.

Quizá esta crónica es una forma de buscarlos, quizá quiero que se reconozcan en los personajes y que entiendan un par de cosas.

*

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HE RENUNCIADO A buscar a Jesús, el Cristo boliviano. De hecho, creo que nunca lo he buscado en serio.

En lugar de eso, voy por el Redentor. Me acompaña C, una amiga boliviana que también vive en Río. Nos conocimos en las clases de portugués del Centro Cultural de Brasil en La Paz, allá por el 2011. Después de cinco años, nuestro portugués ha mejorado considerablemente. Sin embargo, siempre que ando con ella, siento que no estoy en Brasil sino en un aula al aire libre con millones de profesores dispuestos a hacerme notar los errores que arrastro desde mis días en Bolivia.

Tartamudeo: soy un aprendiz de nuevo.

Octubre de 2016. Hace un par de meses el Senado ha aprobado la destitución definitiva de Dilma. El nuevo presidente –ahora con todas las credenciales– es Michel Temer. Las protestas son el pan de cada día, así como los casos de corrupción que se destapan en las cúpulas gobernantes: Eduardo Cunha, expresidente de la Cámara de Diputados y principal propulsor del impeachment, ha sido acusado por corrupción y ahora está en la cárcel.

Los brasileños están divididos. Por un lado, están los llamados coxinhas, gente conservadora que apoya la destitución de Rousseff y que reivindica los valores tradicionales: la familia (No a los homosexuales), la patria (Brasil para los brasileños), la privatización de los servicios (¿Bonos? Eso solo fomenta la vagabundez). El tufillo machista y discriminador se detecta en las intervenciones virtuales de esta facción de la sociedad que abiertamente se considera de derecha. Para ellos, el PT atentó contra la inocencia de los niños al promulgar varias leyes en favor de la comunidad GLBT; el racismo es una componenda victimista que lentamente va generando una “discriminación a la inversa”; y las feministas son un grupo de “gordas resentidas” que atentan contra los derechos de los hombres.

Por otra parte, están los llamados mortadela, gente que se asume de izquierda y contradice todo lo que los coxinhas defienden. Para ellos, no ha habido impeachment sino golpe de Estado. Por lo general son jóvenes. O viejos con espíritu joven. Y la biografía de la mayoría parece haber sido bosquejada por el mismo guionista: de clase media, con formación universitaria, una vida políticamente activa, hipsters. Su ideología bienpensante los hace blanco del repudio de los jóvenes derechistas que los fines de semana se gastan más de cien dólares en las discotecas de la Barra da Tijuca, aunque, si los miro bien, si analizo su apariencia, sus maneras, sus consumos culturales, todos parecen del mismo equipo.

Izquierdismo caviar, le llaman algunos:

Luchan contra el racismo, pero en su círculo social no hay ningún negro. Dicen que odian al imperio, pero sueñan con vivir en EEUU. Defienden a los pobres, pero jamás han pisado una favela.

–Todos, de ambos bandos, son una manga de hipócritas –me dice C, cansada de hablar de política.

Llegamos al Cristo luego de viajar en dos minibuses distintos. A nuestro alrededor, gente de todo el mundo. En todo caso, llegamos al Cristo es solo un decir, pues un manto de niebla obstruye la visibilidad de la estatua y del paisaje de la ciudad. Sesenta reales al agua, pienso. Pero no importa. Es el cumpleaños de mi amiga y esta visita es parte de su festejo.

–Hay que esperar a que el sol salga –dice C, que no parece molesta–. Soplá al cielo –dice alegre–. Hay que tener fe.

Su buena onda es recompensada al cabo de algunos minutos. Una brisa leve despeja las nubes y, por alrededor de treinta segundos, podemos ver al Cristo en toda su plenitud.

La gente aplaude.

El juego se repite durante toda nuestra estadía. De rato en rato el viento intercala soplidos que disipan la niebla. La imagen no es de las mejores, pero hay Cristo durante algunos segundos. Lo suficiente para tomarse fotos realizando la típica posición de los brazos extendidos.

–Ahora te toca a ti –dice C, en portugués.

Poso con mi mejor sonrisa.

Pero cuando mi amiga hace clic, una avalancha de niebla nos cubre a mí y al Cristo.

 

Río de Janeiro, diciembre de 2016

 

 

Gabriel Mamani Magne (La Paz, Bolivia, 1987). Estudió una maestría en Literatura Comparada en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Ha sido ganador, entre otros, del Concurso de Cuento “Adela Zamudio” (2012) y del Premio Eduardo Abaroa (2016, categoría periodismo cultural). Desde hace un año y medio reside en Brasil.

* Las fotografías que acompañan al texto son de Cristina Gutiérrez Leal.

 

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